En los años sesenta y setenta, como parte de los estudios políticos en Cuba, entonces realmente avanzados, en los análisis sobre el subdesarrollo se instaló, entre otros, el punto de vista acerca de que las deformaciones estructurales introducidas por el colonialismo y el neocolonialismo en los países del Tercer Mundo, aunque permitían el crecimiento económico, impedían el desarrollo. Por esa lógica tales países estaban atrapados en una noria según la cual, al crecer desarrollan el subdesarrollo.
La tesis que todavía me parece buena, tenía el defecto de establecer un cierto fatalismo histórico, que conducía a la idea de que para romper aquel circulo vicioso era precioso terminar con el capitalismo y establecer el socialismo (el modelo soviético, entonces único realmente existente), opción que aunque en la época estimábamos viable no era aceptable para América Latina ni para las ex colonias afroasiáticas que tras un breve período de aproximación, tomaron distancia de la Unión Soviética.
En mi caso el esquema comenzó a ser puesto a prueba cuando en la economía mundial irrumpieron los "pequeños tigres asiáticos" (Hong Kong, Corea del Sur, Taiwan, Singapur) y otros grandes países como la India, México, Brasil y Argentina, sin la espectacularidad de aquellos, crecían más o menos consistentemente.
En nuestro esquema, el caso de los "pequeños tigres asiáticos" fue explicado a partir de masivas inyecciones de tecnología y de capital por las transnacionales en busca de mano de obra barata. En los otros nos conformábamos con explicar que a pesar del crecimiento, persistían graves problemas estructurales y grandes bolsones de pobreza.
No obstante los debates y las dudas de carácter teórico los avances económicos y sociales en Cuba daban la razón a la idea de que un cambio estructural profundo permitían un desarrollo integral. En esa aproximación tal vez perdimos de vista factores contingentes como la voluminosa asistencia soviética y el excepcional liderazgo de Fidel Castro que mitigaron defectos estructurales del sistema que se implantaba y que, a la larga cobraron sus tributos en los países del socialismo real.
Fidel Castro no se equivocó en la certeza de que, de cara al desarrollo, la ciencia y la tecnología hay que introducirla masivamente, asumiéndola en el nivel en que se encuentra y no comenzar desde abajo y tratar de reproducir el camino que anduvieron los países que marchan a la vanguardia.
A la luz de aquellas lecciones prácticas, de la debacle socialista y de lecturas mediante las cual trato de comprender el fenómeno de la globalización asociado al desarrollo de las economías emergentes, incorporé a mi credo la idea de que la capacidad para la innovación (científica, tecnológica, económica y política) es uno de los componentes básicos del desarrollo.
Allí donde erróneamente se encaran las aspiraciones de desarrollo según preceptos o dogmas inmutables, algunos de los cuales tienen más de 150 años, no se reta lo establecido, no se aprovechan las ventajas de las coyunturas (la globalización es una) y no se avanza más allá del status quo, se puede sobrevivir e incluso crecer, pero no hay desarrollo posible.
Por innovación entiendo los esfuerzos para, a escala de ramas, esferas y de la sociedad en su conjunto, mediante la producción de conocimientos y con la introducción de técnicas o procedimientos nuevos, superar el status quo existente o, como mínimo, alcanzar el nivel o estándar más avanzado. Restaurar algo puede ser justo y beneficioso mas nunca será una innovación; incorporar lo avanzado y trabajar por trascenderlo sí lo es.
Ese acento audaz y resueltamente innovador presente en diferentes etapas en el proceso cubano debería caracterizar los trabajos preparatorios del Congreso y la redacción definitiva de los lineamientos para las políticas económicas y sociales que intentarán catapultar a Cuba al desarrollo.
Respecto a la ciencia y la tecnología hay en los lineamientos puestos a debate 8 ítems, siete de ellos en el capitulo V dedicado a Ciencia Tecnología e Innovación y uno, el número 24 en el Capítulo I dedicado al Modelo de Gestión. En todos los casos, salvo matices, se trata de recordar tareas o funciones, fijar énfasis o de proponer decisiones administrativas o políticas y no de enfoques que rebasen el horizonte actualmente existente y que, sin el aliento y la enorme capacidad innovadora de Fidel Castro, corren el riesgo de aportar poco.
Por añadidura, durante la presentación de los lineamientos en el parlamento, algún diputado cuestionó la pertinencia del numeral 24, según el cual los centros de investigación (paradójicamente muy abundantes en Cuba) que están en función de la producción y los servicios deberán formar parte de las empresas para vincular su labor con las producciones respectivas. Al diputado le pareció que las ciencias sociales debían sustraerse de tal orientación y recibir un tratamiento especial.
Con buen tacto el Ministro de Economía evadió un debate que en algún lugar seguramente habrá de dirimirse y remitió el asunto a estudios posteriores sin detenerse a escarbar acerca de llaman en Cuba "ciencias sociales" y qué han aportado a ellas algunos de los llamados "centros de estudios o investigaciones". Habrá que preguntarse además qué significado tienen en la actividad empresarial y universitaria las siglas I+D y lo más importante, saber si la rectoría de la ciencia (incluyendo las sociales) en Cuba confiada a un ministerio es la idónea.
Seguramente el Congreso profundizará en los aspectos conceptuales y prácticos de esas problemáticas y colocará cada cosa en su lugar. La ciencia es la búsqueda de la verdad y de soluciones óptimas y su exagerada institucionalización puede ser tan limitante como el abandono existente en muchos países del Tercer Mundo. Otra vez, tal vez: "La verdad es mezcla".

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