Por: Jorge Gómez Barata
Publicación Original en MONCADA
El desastre atómico provocado por el terremoto y el tsunami en Japón ha revuelto mis recuerdos y mis notas en un tema en el cual me inicie cuarenta años atrás y que no cuento debido a que se trata de memorias forjadas en actos de servicio y que por tanto, no me pertenecen.
El caso es que por aquella época, en un humilde boletín que hacíamos en un mimeógrafo y se llamaba "Atomito" (por lo de atómico) publiqué mi primer artículo firmado que comencé con una cita de Einstein que ahora repito de memoria: "La bomba atómica, además de envenenar la tierra, el agua y el aire, envenena los espíritus…"
De venenos y espiritualidad trata esta anécdota.
Años después cayó en mis manos un libro sobre figuras relevantes de la diplomacia y un nombre me llamó la atención: Edwin O. Reischauer, exitoso embajador norteamericano en Tokio al que asocié con tempranas lecturas sobre el Proyecto Manhattan e Hiroshima. Al comprobar los nombres me percaté de que se trataba de las mismas personas y de sorprendentes hechos relacionados con la era atómica.
Edwin O. Reischauer, un destacado académico y brillante diplomático norteamericano, nombrado como embajador en Tokio por JFK, había nacido en Japón en 1910 de padres norteamericanos y vivió allí hasta los 17 años, tenía 35 cuando su país de nacimiento atacó a su patria por Pearl Harbor.
Con la nación bajo ataque y en condiciones de guerra intensas, Reischauer, sirvió al ejército de su patria contra el país donde había nacido. Aprovechando sus conocimientos de la lengua y la cultura japonesa durante la contienda actuó como experto para la inteligencia militar estadounidense. Hasta aquí, excepto el conflicto filosófico de lealtades, entre el nacer y el ser, nada es excepcional.
Lo extraño es que según había leído años atrás, en alguna revista, lo mismo pudo haber sido Bohemia que Selecciones Reader΄s Digest, una persona con ese nombre formó parte del Comité creado para seleccionar los blancos para la utilización de la bomba atómica. Involucrar en semejante tarea a alguien nacido en Japón me pareció, como mínimo, una desconsideración.
En la selección de los blancos para el bombardeo, efectuada a mediados de mayo de 1945 en Los Álamos, Nuevo México, se plantearon algunas exigencias: Debían ser objetivos mayores de 3 millas de diámetro y que no hubieran sido bombardeadas anteriormente de modo que se pudieran apreciar claramente los efectos de la bomba; además, el ataque debía ejercer un efecto psicológico devastador sobre Japón. Por esas y otras consideraciones fueron recomendadas las ciudades de: Kioto, Hiroshima, Yokohama y Kokura.
Siempre se creyó que el hecho de que Kioto, (La Roma de Japón), capital imperial durante más de mil años, fuera una ciudad poco industrializada, de enorme relevancia cultural al punto de albergar 17 monumentos patrimonio de la humanidad y sin gran significado militar, la había salvado de los bombardeos aliados; también se asumía que esas mismas consideraciones influyeron para que fuera tachada en la lista de los blancos atómicos; hecho en el que presuntamente habría influido Edwin O. Reischauer.
Sin embargo, al publicar su autobiografía, el propio Reischauer se encargó de aclarar que aquella emblemática ciudad, recomendada como blanco atómico fue tachada de la lista, no por él sino por el Secretario de la Guerra del presidente Truman, Henry L. Stinson que tenía especial aprecio por la localidad debido a que años atrás había disfrutado allí de su "luna de miel".
Durante años conservé la nota en mi mente para cuando tuviera tiempo investigar un poco más y escribir un artículo cuyo título había seleccionado ya: "El romance que salvo a Kioto". Ahora, apremiado por la tragedia y con más temas que tiempo para realizarlos, la desempolvo para mostrar que, en la rama nuclear en la cual son característicos la improvisación y el aventurerismo, hay también toques de frivolidad.
Ojalá el amor hubiera salvado también a las otras urbes japonesas y salve a la humanidad de otros holocaustos semejantes. Hay más historias, la próxima se refiere a la casualidad y la buena o la mala suerte. Luego cuento. Allá nos vemos.

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