YOHANNA TORRES RODRÍGUEZ Y FRANCISCO RODRÍGUEZ CRUZ
Tomado del periódico Trabajadores
“Oye, fulano y mengano están inyectando”. “¡Mira aquel como subió de peso!” “Esto te aumenta el tamaño del músculo”. Así embullaron a un joven en el gimnasio particular donde levantaba pesas para que se inyectara el llamado “aceite de maní”, cuatro meses antes de que conversáramos con él en una sala del Hospital Miguel Enríquez, de la capital. Se encontraba allí desde la víspera de su cumpleaños y contrario al aumento de volumen que esperaba alcanzar, el tejido muscular en su brazo estaba muriendo.
“Me había inyectado en días alternos, durante un mes, en los bíceps y tríceps. Una semana después de terminar el tratamiento tuve que venir a urgencias a causa de un grano enorme que me había salido en el codo. No lo relacioné con el ‘aceite de maní’ al inicio, pero como no mejoraba con los drenajes, las curas y los medicamentos, entonces le conté al médico qué había hecho. Enseguida me prohibió regresar a la casa, pues debía estudiarme y tratarme de cerca”, rememora el entrevistado.
La especialista de primer grado en Ortopedia y Traumatología, Ana Margarita González, vicedirectora quirúrgica del Miguel Enríquez, advierte que un músculo al sufrir necrosis jamás vuelve a ser el de antes, pues el paciente se enfrenta a complicaciones que no se resuelven con dos tabletas y una inyección. Hay que limpiar quirúrgicamente, más de una vez, en dependencia de la magnitud y el tiempo de evolución del proceso infeccioso.
“¿Dolor? No. El procedimiento con el ‘aceite de maní’ impresiona: te pinchan hasta el músculo y luego te inoculan el líquido. Dolorosas las curas que me hacen por su causa. Me llevan al salón, cada vez con anestesia general, porque llega el momento en que el cuerpo no las asimila”, compartió el fisiculturista.
El teniente coronel Ignacio Turcios Lima, Doctor en Ciencias Jurídicas y profesor de la Cátedra Antidrogas del Instituto Superior del Ministerio del Interior, Eliseo Reyes Rodríguez, destaca que cuando alguien experimenta la necesidad de resaltar su imagen por encima de los demás, sin un esfuerzo sistemático y en un corto período de tiempo, olvida que vive en su cuerpo, que en él se desarrolla la vida y que en la misma medida que se alteran las funciones normales de los órganos, se trastorna la vida propia.
Con una maestría en Urgencias Médicas y vasta experiencia en la atención de este tipo de casos, la doctora González asegura que quienes se arriesgan en semejante empresa se exponen tanto a la pérdida de una extremidad como a la muerte.
“Un individuo alérgico es muy probable que desencadene una reacción importante contra este tipo de producto y también son vulnerables las personas cuyo sistema inmunológico esté deprimido”, argumenta la especialista.
Considera que en la aceptación o rechazo de este proceder intervienen, además, las medidas de higiene, asepsia y antisepsia del área donde se inocula la referida sustancia, del instrumental y del material desechable utilizado (algodón, guantes, jeringuillas y agujas), así como de quien la administra.
“Habitualmente esto ocurre en casas particulares, en manos de sujetos que desconocen la anatomía humana y carecen de criterios para evaluar la seguridad de lo que hacen. Los medicamentos y sustancias para implantes empleados en el sistema nacional de salud cubano son evaluados por una comisión nacional y han de cumplir una serie de requerimientos técnicos de esterilización y demás. Una vez avalados se circulan a los centros asistenciales los materiales permitidos para estos fines y el ‘aceite de maní’ no figura entre ellos”, enfatiza la doctora Ana Margarita González.
Hasta donde pudimos conocer con el joven fisiculturista que ofreció su testimonio para este material, el referido “aceite de maní” es de color amarillo y consistencia aceitosa, se adquiere a 12 CUC en un frasco de etiqueta variable, similar a uno de dextrosa, y los vendedores inescrupulosos lo extraen de los hospitales; sin embargo, la doctora González refiere que varios pacientes suyos le han comentado que proviene del exterior, de ahí su precio elevado en el mercado negro.
Turcios Lima anota que la práctica masiva del deporte en Cuba ha demostrado que cualquiera puede alcanzar el desarrollo físico que se proponga, tanto en gimnasios estatales como particulares, con constancia y con la guía de un especialista, sin necesidad de ninguna sustancia psicoactiva o sintética que, por principio universal, el fisiculturismo rechaza mundialmente y se denomina dopaje.
El facultativo del Instituto Superior del Ministerio del Interior (MININT) insiste en que tres convenciones internacionales sobre drogas, la ley penal de Cuba y resoluciones sanitarias nacionales fiscalizan todo compuesto capaz de provocar transformaciones sensibles en el sistema nervioso central y en el estado físico o psíquico de un ser humano. Así, todo aquel involucrado en su comercialización puede ser procesado judicialmente por tráfico ilícito de estupefacientes y daño a la salud humana.
Gladys Béquer, directora de Educación Física y Promoción de Salud del INDER, alerta que, solo en La Habana, asistir a alguno de los más de 300 gimnasios particulares de la ciudad donde se practica el fisiculturismo puede devenir una opción tentadora para unos 20 mil estudiantes de preuniversitario, entre otros grupos de jóvenes y adolescentes.
“Aunque la Asociación Cubana de Fisiculturismo no cuenta con reconocimiento jurídico en el país, se han de trazar estrategias de trabajo conjunto con sus representantes y miembros, así como acompañar la actividad con asesoramiento y supervisión de nuestros grupos consultivos, a fin de potenciar los beneficios de esta práctica y reducir la posibilidad de acciones peligrosas”, asegura.
“El riesgo aquí supera todas las expectativas posibles, y los beneficios están por verse; ya que se induce una condición transitoria, a expensas de sustancias extrañas al organismo. No vale la pena tanto riesgo para sentirse momentáneamente complacido ni posibilitar que gente sin escrúpulos lucre con su bolsillo y su vida, cuando las instituciones de salud cubanas brindan servicios médicos universales, incluida la cirugía plástica y reconstructiva”, concluyó Ana Margarita González al apuntar que esta situación no es exclusiva de los fisiculturistas, sino de muchos otros que, por razones estéticas, han elegido el peor camino queriendo lucir mejor.