Publicación Original en Cubano1er.Plano
Al confrontar dogmas, cambiar estructuras, alterar jerarquías, introducir nuevas ideas y métodos de trabajos y abolir otros, librando batallas simultaneas contra la ineficiencia económica, la indiferencia y las tendencias a la desmovilización, el burocratismo, la corrupción, el nepotismo y otros vicios, las reformas emprendidas en Cuba entrañan confrontaciones que presentan diversos perfiles. El más sutil es de naturaleza cultural.
Si bien el presidente Raúl Castro ha mostrado preferencia por los procedimientos graduales, las decisiones colegiadas y trata de que los cambios ocurran sin mayores traumas, ello no impide tensiones sociales y contradicciones que asumen variadas formas.
El hecho de que las reformas se realicen en nombre de la Revolución y con el objetivo de perfeccionar el socialismo, convoca al apoyo de los militantes revolucionarios, cosa que unos hacen con más disposición que otros. La merma del entusiasmo se evidencia en la falta de creatividad y en la ausencia de iniciativas, principalmente de los aparatos administrativos y políticos que no confrontan las orientaciones, aunque tampoco le suman y se atienen a lo orientado sin generar apoyos conceptuales.
A veces da la impresión de que algunos sectores, principalmente las organizaciones sociales, el movimiento sindical e incluso el propio partido han asumido al pie de la letra la idea de que todo se limita a cambiar algunos métodos y a “Actualizar el Modelo Económico” y que por tanto, el asunto, al menos por ahora, concierne sobre todo a los organismos y a los funcionarios y cuadros de la economía.
Tal vez esa interpretación explique la pobreza y falta de imaginación presentes en el documento base para la próxima Conferencia del Partido, redactado con un lenguaje manido y tradicional y en el cual no hay ideas nuevas, planteamientos audaces, giros atrevidos ni propuestas realmente renovadoras, que acompañen a un proceso que paso a paso va cambiando de raíz la fisonomía y las estructuras de la sociedad cubana y que alude a las instituciones, las ideas y naturalmente al sistema político.
Probablemente haya quienes no se entusiasman con los cambios porque se apartan de lecciones aprendidas a partir de la versión de la teoría revolucionaria, la sociología, la economía política y la politología predicada en nuestro país durante cincuenta años como resultado de la importación de la lectura soviética del marxismo leninismo, en las cuales se creyó como en artículos de fe.
Aquel paquete teórico, organizativo e institucional, asumido como un todo, no sólo incluyó opiniones políticas sino que se instaló como el único recurso para una comprensión científica de la sociedad, la historia, la naturaleza, el pensamiento y el conocimiento, sin dejar margen para la indagación ni espacios para la duda.
Ese pensamiento inculcado por todas las vías e integrado al sistema escolar, incluyendo la enseñanza superior, durante medio siglo, caló profundamente y se integró a la conciencia, ignorando que la cultura se forma por lo que se hereda y por lo que se incorpora como resultado de la innovación y las experiencias y que en todas sus manifestaciones, incluyendo la política, supone diversidad, juicio crítico y movilidad. Cambiar datos en la conciencia social y renovar el pensamiento de decenas de miles de personas no es tarea sencilla ni breve.
De la cultura política, forman parte las ideas avanzadas pero también las retrogradas, las construcciones ideológicas dialécticas y los dogmas, la confianza en las masas y la exclusión de los que piensan diferente. Las ideas erradas también son ideas y los paradigmas que alguna vez estuvieron vigentes, aunque se tornen anacrónicos poseen una extraordinaria capacidad de supervivencia. Mal entendida, en la política, la tradición es un peso muerto y a veces una rémora que obstaculiza la innovación.
Con la Revolución, en el intenso bregar por la construcción del socialismo, en Cuba se introdujeron, enraizaron y se difundieron entre las masas y los directivos, nuevas y magnificas ideas que se sumaron a la herencia y la tradición cultural nacional. Entre ellas brillan aquellas que sustentan la concepción socialista y las contenidas en la obra teórica de los clásicos del marxismo. Capítulo aparte merece el pensamiento de Fidel Castro, que representa un importante aporte a la cultura nacional, especialmente a la cultura política del pueblo y la vanguardia.
Frente al hecho de que militantes de probada condición, revolucionaros íntegros y personas que actúan de buena fe, guiados por ideas que le fueron inculcadas por la Revolución, duden, no crean en su pertinencia o confronten los cambios propuestos en el actual proceso de reformas, plantea la necesidad de realizar un esfuerzo de naturaleza cultural que comienza por una reflexión de fondo que nadie sólo el Partido, apoyado por el sector académico, puede realizar, para reflotar los valores esenciales de la teoría revolucionaria y desterrar lo erróneo o anticuado.
Rescatar las esencias del marxismo, su carácter dialectico y su método científico y arrojar el lastre que puede anclar la revolución al pasado, es una tarea de la mayor importancia y urgencia. La Conferencia Nacional será pronto y como otras tantas veces la práctica del Partido, encabezado por Fidel y Raúl Castro seguramente rebasarán las expectativas. Allá nos vemos.
La Habana, 15 de noviembre de 2011