Por Aurelio Pedroso
LA HABANA - Cruzar la mar océano, como decía el Gran Almirante, o el diminuto y distante Estrecho de La Florida, cargando bultos con serpentinas, globos, manteles desechables, que no serán nunca desechados, valga el supuesto equívoco, y hasta servilletas color rosa para poder efectuar esa controvertida y tan latinoamericana fiesta de 15 años se ha convertido últimamente en una pasión muy frecuente para cubanos que residen en el exterior de la isla.
Luego de indagar en algunos casos y con cierta profundidad la principal motivación para semejante festejo, he llegado a la conclusión preliminar que se abrazan como ardientes novios el factor económico y la nostalgia que carcome a cada cubano así sea por sólo quince días fuera de la isla.
Me comentaba el compatriota Ernesto Fuentes, radicado en Tenerife, Islas Canarias, que sólo la renta de un salón ponía los pelos de punta y si a ello se agregaba el bufet, era como para pedirle a Dios que la criatura se mantuviera de por vida anclada en los 14 años o cuando menos saltara de 14 a 16. Nada raro en este mundo porque en Cuba hay hoteles que para el turismo gringo de los 50s sus ascensores brincaban del piso 12 al 14.
Y es que a esto sobrevienen otros gastos de intendencia como son los ensayos del vals, la ropa a emplear, el vídeo, las fotos, la transportación, los adornos florales, el decorado, la música y hasta el cerdo asado que casi siempre preside la ceremonia a la par de los abuelos de la niña, que como raramente no bailan por la edad y apatía al reguetón, pues resultan ideales custodios para que un amigo de lo ajeno no cargue con el cerdito en medio de las risas o los llantos que se vierten en estas ocasiones únicas en la vida de una inminente mujer.
El hielo en párrafo aparte. Conseguirlo, conservarlo es únicamente comparable al tesón de aquellos hombres-simios para mantener el necesario fuego. En una isla con un calor permanente de mala palabra los doce meses del año a ninguna autoridad se le ha ocurrido montar o permitir que otros lo hagan, pequeñas empresas para vender bolsas de hielo. Hace unos años, una entidad española lo hacía. Usted llegaba a cualquier gasolinera y ahí estaban las bolsitas, pero algo debió haber ocurrido que los “gallegos” se llevaron el hielo de vuelta a la península. ¿Necesitan hielo allá? ¿O es que les dieron “hielo” o de lado aquí?
En ningún caso de los conocidos se ha politizado por la principal encartada ni sus progenitores el hecho de venir a su lugar de origen, a la tierra de sus padres y abuelos para armar tan rimbombante fiestón. Ni por sus tiernas neuronas pasa que con tal actividad bien pudieran estar engrosando las arcas secretas de quienes gobiernan la isla.
Menos mal, porque no faltan aquellos que así piensan y hasta imaginan al Presidente de la República con una calculadora de bolsillo dando paseítos por el despacho y sumando cuentas de cuatro fiestas en La Habana, una en Guanajay, dos en Camagüey, tres en Santiago de Cuba, cinco en Varadero y otra por la intrincada Remangalatuerca de la que faltan por llegar, mire usted, los reportes de la contrainteligencia del lejano paraje. Es que si supieran que casi todo va al bolsillo de pequeños empresarios particulares que se han montado en ese negocio, no hablarían, ni escribirían tantas sandeces.
Otras jovencitas cubanas están optando por una celebración bien cerrada o vedada a esa multitud de parientes, amigos y desconocidos que al final logran colarse en el festín, e ir a una discoteca o restaurante y pasarlo allí en grande. Obviamente, previa sesión de fotos y vídeos por un sinnúmero de locaciones tan semejantes a aquellas del guajiro primerizo frente al Capitolio nacional. Ojo, que si la quiere bajo la torre Eiffel, en pleno desierto de Mongolia o encima del Titanic, hay estudios privados que se lo facilitan gracias a la magia del ordenador. “La ponemos donde Ud. quiera y como lo desee”, reza un cartelito en unos de esos estudios fotográficos.
Sin que conste un reglamento académico de cómo debe ser la ceremonia, hay pasos insoslayables dado que resultan en extremo conmovedores. Máxime si sobre la mesa hay una botella de ron y una cuestionable vodka reenvasada en Turquía.
Me refiero al vídeo que émulos de Francis Ford Coppola y simpatizantes de la Guerra de las galaxias, producen con las primeras fotos de la criatura saliendo del infinito de golpe a la cara de todos, sus travesuras y primeros pasos en esta vida hasta llegar a los tres lustros de existencia pioneril, familiar y social. Una banda sonora seleccionada, bien amelcochada y encima el alcohol ya mencionado, son más que suficientes para que las de mayor edad arranquen y moderen el llanto que casi siempre cubre el salón y que logra reblandecer hasta los tipos más duros y curtidos en los avatares terrenales. “Pobrecita, la niña, angelito”, se oye en ocasiones extremas.
Al fin y al cabo es una tradición nuestra, de la cultura que nos pertenece, con sus admiradores, reformistas y detractores. Más, si es en ocasión de ese cruce de la frontera entre la adolescencia y el dictamen de la madre naturaleza que dispone la bajada de un óvulo para fecundar. Si ese instante queda en el recuerdo, en la tierra donde nacieron todos los nuestros, pues bien vale organizar la alegre conmemoración y que lloren los que quieran y puedan mientras otros se divierten. Eso sí, que la Aduana no vuelva a cobrarle los globos, las 15 matracas y los diez kilogramos de hielo, por ejemplo.
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