Por: Yadira Escobar
MIAMI – En los Estados Unidos hubo una vez un bonito sueño que se fue estropeando hasta convertirse en pesadilla para los que aspiraban tener un techo seguro como núcleo del llamado “sueño americano”.
Tener una casita donde descansar después del duro trabajo es algo más que un oasis en medio del mercado, es la base material de la familia y el espacio vital donde los hijos se desarrollan hasta llegar a ser ciudadanos útiles a la comunidad. Se sabe que el deterioro del nivel de vida de las clases trabajadoras enriquece bastante a los dueños de los medios de producción y a los prestadores de servicios, pues obtienen mediante la crisis una mano de obra abundante y mansa. Pero también es un hecho que si los que trabajan no ven algo del fruto de su trabajo, todo el sistema puede tambalearse.
Las burbujas financieras, la fuga de capitales hacia paraísos fiscales y el apoyo desmesurado del gobierno a los bancos en apuros, fue el gran empujón hacia la crisis actual que ha dejado a tantos norteamericanos sin techo y ellos también merecen que el gobierno les tienda la mano, aunque no sean parte de la alta finanza.
Familias enteras entran cada día a la mendicidad y una generación muy joven ya conoce el hambre y la inseguridad en nuestras calles. Mientras una minoría selecta amontona recursos financieros enormes y nos dice a través de la gran prensa (que es su prensa) que la crisis ya pasó, el desempleo se extiende por doquier y ya ha surgido un nuevo tipo de desempleado que acude a las fábricas y talleres sin ni siquiera preguntar cuánto pagan o cuáles son las condiciones de trabajo. Solo preguntan si necesitan a alguien para trabajar.
En general las ejecuciones hipotecarias han llegado a su nivel mensual más bajo en todo el país desde diciembre de 2006. Pero la Florida está entre los cinco estados con el porcentaje más alto de ejecuciones y, teniendo en cuenta el aumento de los precios en el mercado de la vivienda, es el momento ideal para disponer de las mismas, si eres prestamista. Del otro lado se encuentra el obrero desempleado. Sin contrato laboral serio, el sueño de un techo propio se oscurece aunque las cadenas televisivas digan que todo va bien.
Mientras se destinan recursos para espiar a la sociedad civil o para preparar nuevas guerras en lejanos escenarios, hay familias viviendo en sus automóviles. Ya quedaron atrás aquellos años en que la clase trabajadora podía elegir entre varios empleadores, obtener fáciles créditos o comprarse una casita. Algunos de los bancos, salvados con dinero público, continúan apropiándose de las viviendas de personas en apuros financieros y como nadie sabe la profunda tragedia de ser desalojado hasta que la vive, sigue siendo muy local el drama de perder el techo. La percepción general no registra este desagradable aspecto de nuestra sociedad y se me ocurre que la palabra “solidaridad” debería oírse más, porque ya casi es un tabú en nuestro entorno.