María Ileana Faguaga Iglesias y Enrique López Oliva monitorhavana@enet.cu
Refiriéndose al diálogo ecuménico entre iglesias cristianas, la Enciclopedia Católica lo define como “una cosa distinta de una discusión o de un unilateral intento inmediato de convertir al otro, presupone que ambas partes estén dispuestas a aprender algo de la otra”.1 Algunos en Cuba se preguntan si ese diálogo interreligioso e intercultural avanza, se estanca o retrocede; otros, si existe o ha existido alguna vez; y finalmente, hay quienes rechazan, de inicio, su viabilidad, u opinan que solo sería realizable en condiciones radicalmente distintas.
Hoy vivimos en isla un momento muy especial, pera lleno de interrogantes sobre el presente y el futuro, con las consecuentes lagunas que subsisten del pasado. Esta situación, naturalmente, repercute en el ámbito eclesial y religioso, y afecta específicamente las condiciones para el diálogo.
Examinemos este ámbito de manera muy sumaria, empezando por las iglesias evangélicas.
Es en este sector donde se ha expresado tradicionalmente la corriente ecumenista. Sin embargo, el amplio campo de las iglesias protestantes no es un todo homogéneo. Dentro de él se manifiestan posiciones conservadoras fundamentalistas, así como radicales de izquierda; y se muestra una pronunciada tendencia al denominacionalismo y un creciente debilitamiento de los movimientos ecuménicos. Paralelamente, se fortalecen las expresiones neopentecostales y se expresa el declinar de las llamadas “Iglesias históricas” derivadas de la Reforma Protestante.
En el campo católico, el cardenal cubano y Arzobispo de La Habana, Jaime Ortega Alamino, expresa la posición de la jerarquía y cuenta con el respaldo del actual pontífice Benedicto XVI —aunque tampoco todos los católicos coinciden con él. La Iglesia Católica atraviesa actualmente en el mundo por una fuerte crisis, con múltiples manifestaciones. No puede decirse —aunque así tiende a percibirse— que esta sea una Iglesia homogénea. En su seno se desenvuelven varias corrientes teológicas, que van desde un conservadurismo fundamentalista hasta radicales progresistas, como la Teología Latinoamericana de la Liberación. Sin embargo, en el campo católico predominan las tendencias a distanciarse del ecumenismo, procurando —como sucede también en algunas denominaciones protestantes— impedir que sus cuadros y laicos se vinculen a movimientos ecuménicos, actitud en la que repercute el temor a que resulten “contaminados” o influidos por otras expresiones y/o interpretaciones religiosas.
Todo lo anterior hace que el dialogo ecuménico se complejice y dificulte, por múltiples obstáculos que se acrecientan cuanto se extienden a todo el espectro religioso y, en el caso particular cubano, a las religiones cubanas de origen africano, muchas veces “demonizadas” por católicos y protestantes ortodoxos.
Aunque las afrorreligiones traídas desde África o creadas en estas tierras incorporaron elementos del cristianismo, fueron tradicionalmente la expresión de los de abajo en la pirámide social, forzados a la sumisión y a la resistencia, falsamente identificada su condición social, incluida la cultural/religiosa, con el color de su piel y fisonomía. Los estereotipos, prejuicios y un caudal lamentablemente acumulado y vigente de ideas erróneas y negativas sobre estas religiones y sobre sus practicantes, entorpecen las posibilidades de diálogo con este amplio y plural sector cultural/religioso.
Las transformaciones culturales, especialmente la mezcla y pluralidad racial, han tenido, por otra parte, un impacto sobre las condiciones para el diálogo interreligioso. Resulta evidente el cambio en la composición de la feligresía en comunidades evangélicas tradicionalmente blancas, como Iglesias presbiterianas y episcopales, que muestran un franco proceso de “amulatamiento”. El origen de este proceso en muchos casos ha sido la emigración, principalmente hacia los Estados Unidos, de parte de los miembros, así como el fallecimiento de otros. Este fenómeno no excluye el mantenimiento de bolsones "blancos" en algunas comunidades cristianas, incluidas las católicas, especialmente las situadas en barrios donde antes residiera la antigua burguesía. En la misma medida en que se “mulatizan” las comunidades asistentes a los templos cristianos, las comunidades afrorreligiosas se "blanquean", de manera que han disminuido aquellos que antes las calificaban como “religiones de negros” o “brujería”. Son cada vez más frecuentes los babalawos, santeros y santeras, blancos y blancas y de elevado nivel de instrucción, pertenecientes a cualquier sector social.
Al mismo tiempo, surge por primera vez en la iglesia católica cubana —cuyos seminarios excluyeron a los negros hasta 1941— un clero, aun muy reducido, de mulatos y negros. Como también sucede con muchos pastores protestantes, estos sacerdotes mulatos y negros se distancian de su cultura ancestral. Por otra parte, antiguos afrorreligiosos se han incorporado a iglesias neopentecostales —con énfasis en la presencia del Espíritu, e influidas por el pentecostalismo afroestadounidense— en barrios populares e incluso marginales de los centros urbanos.
Contradictoriamente, esta mayor heterogeneidad racial favorece, y a la vez, obstaculiza el posible dialogo entre el mundo cristiano y el afrorreligioso. Por una parte, incrementa la presencia en el primero de personas que han conocido desde dentro el mundo afro; por otra, estas personas experimentan presiones externas y subjetivas, que las impelen a dar muestras de su conversión religiosa, obligándolas al rechazo y crítica de todo cuanto antes vivieron, y que ha sido parte de su identidad.
A este complejo panorama, se añade la movilidad causada por el desplazamiento de muchos practicantes de un culto a otro, en búsqueda de respuestas a sus necesidades y problemas. En estos espacios religiosos se pueden encontrar almuerzos y meriendas gratis; “jabitas” con artículos escasos de primera necesidad; posibilidad de viajes al exterior; oportunidades de empleos mejor retribuidos; vías para lograr la admisión de un familiar anciano en alguno de los catorce hogares y casas de abuelos administradas por instituciones religiosas; obtención de medicinas provenientes de donaciones extranjeras, etc.
Solo unos pocos grupos del panorama religioso cubano actual se proclaman abiertamente macroecuménicos, es decir, abiertos al intercambio con toda expresión religiosa y cultural, incluso con los que se consideran ateos, para favorecer el entendimiento y la búsqueda del bien común. En el ámbito católico, existe la Comisión para el Estudio de la Historia de la Iglesia en Latinoamérica, cuyo Capítulo cubano impulsa un Programa para el Diálogo Intercultural e Interreligioso;2 así como el Grupo de Reflexión y Solidaridad “Oscar Arnulfo Romero”. Ambas agrupaciones, creadas por laicos católicos, incluyen a cristianos de otros credos, a afrorreligiosos y de otras creencias. Ninguna de los dos cuenta con el favor de la institución eclesial católica, pese a la participación en estas de algunos clérigos y religiosas, a titulo personal. Aunque no representan espacios oportunos para el dialogo de corte institucional, sí lo son al nivel de las bases religiosas, en sentido particular y cultural, no solo sobre temas religiosos, sino también algunos otros, como las relaciones interraciales, la violencia de genero, entre otros.
A nivel institucional católico, lo más cercano a la facilitación oficiosa del diálogo es el Aula Fray Bartolomé de Las Casas, anexa al convento de los padres dominicos, que ofrece una variedad de cursos y organiza paneles mensuales, en los que sacerdotes y monjas, religiosos y religiosas, comparten espacio con profesores universitarios e investigadores de los centros estatales, militantes del Partido o no, y con la asistencia de un público ideológicamente tan plural como la sociedad misma.
Entre las iglesias protestantes, en los últimos años se han destacado también en sus esfuerzos ecuménicos algunos centros y grupos de diferentes denominaciones cristianas, como el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo (de origen presbiteriano), el Centro Memorial Martin Luther King Jr. (bautista), el Grupo Kairos, interesado en una Pastoral Penitenciaria.
Estrictamente hablando, aunque existen estos espacios para el diálogo intercultural e interreligioso, este se encuentra muy limitado por la debilidad del respeto hacia ese otro que vive y opina diferente, la falta de entrenamiento para asumir la diversidad en toda su complejidad e inmensidad. Precisamente ahí surgen los tropiezos. En un diálogo real, todos los implicados deberían tener la capacidad para ser coprotagonistas, para participar en la elaboración del guión y, sobre todo, para mantener sus convicciones y rechazar toda opinión impuesta. Concebido de esta manera, el diálogo sería un camino de crecimiento para todos.
En las condiciones de Cuba a inicios del siglo XXI, y con miras a avanzar pretendiendo no repetir errores, se necesita emprender estudios académicos serios y desprejuiciados sobre el amplio y rico paisaje cultural/religioso nacional, superando los condicionamientos ateizantes de un trasnochado marxismo manualista dogmático de inspiración soviética, que no ha quedado superado del todo. Mediante enfoques inter y transdisciplinarios deben abordarse estas investigaciones, con el fin de procurar tener en cuenta y complementarse con los estudios que sobre el tema se realizan en el exterior, a sabiendas de que se requiere un esfuerzo mayor, pues se sigue dificultando el acceso a las producciones intelectuales que tienen lugar en otros sitios.
La comunidad intelectual deberá tener presente que no se pueden estudiar seriamente la cultura, y dentro de ella, la religión, sin reconocer al sujeto religioso y su protagonismo, sin la posibilidad real de expresar su manera de sentir, vivir y pensar una realidad que para algunos coincide en ser, también, su objeto de estudio; para otros, una forma de vida; y para algunos, un medio de vida.
El diálogo no es una entelequia ni una abstracción sobre la cual teorizar, sino realización práctica, que se concreta en espacios determinados. La propia comunidad intelectual cubana los requiere, para la consecución del intercambio entre sí y con sus propios sujetos de estudios, así como con otros sujetos sociales. Revistas como Temas, con su panel de discusión mensual Último Jueves; y los talleres y foros organizados por el Grupo de Reflexión y Solidaridad “Oscar Arnulfo Romero”, constituyen espacios donde se pueden producir estos intercambios, si bien están haciendo falta muchos otros.
1. Véase Sacramentum Mundi Enciclopedia Católica, t. II, dirigida por Karl Rahner, S.I., Editorial Herder, Barcelona, 1976, p. 466.
2. María I. Faguaga Iglesias y Enrique López Oliva, ¿Qué es el macro-ecumenismo?, Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo, Cárdenas, 2001.

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