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jueves, 7 de abril de 2011

Mr. Keynes y el millón de hombres

José Francisco Bellod Redondo (Murcia, España).
Doctor en Economía y Máster en Derecho Tributario.
bellodredondo@yahoo.com

1.- El discurso
El presidente cubano, Raúl Castro, intervino el pasado 4 de abril en la clausura del IX Congreso de la UJC. Como es habitual en estos casos, el dirigente aprovechó para repasar algunos de los retos más relevantes que enfrenta el país. El discurso del presidente ha venido ha ratificar lo que los observadores sabíamos de antaño: que el modelo de pleno empleo basado en la acumulación de trabajadores en tareas improductivas ha afectado gravemente al normal funcionamiento de la economía. Según sus palabras:

Si mantenemos plantillas infladas en casi todos los ámbitos del quehacer nacional y pagamos salarios sin vínculo con los resultados, elevando la masa de dinero en circulación, no podemos esperar que los precios detengan su ascenso constante, deteriorando la capacidad adquisitiva del pueblo. Sabemos que sobran cientos de miles de trabajadores en los sectores presupuestado y empresarial, algunos analistas calculan que el exceso de plazas sobrepasa el millón de personas y este es un asunto muy sensible que estamos en el deber de enfrentar con firmeza y sentido político.1

El problema es realmente grave, porque lo que describe es la dinámica en que, de forma sistemática, han caído las economías que han seguido el modelo soviético: inflar plantillas para mantener artificialmente bajo el desempleo, congelar precios para mantener artificialmente altos los salarios reales… Una mala concepción de los principios obreros que debían inspirar la política económica se tradujo en inflación reprimida y desincentivo al trabajo. En definitiva: un modelo de planificación económica empobrecedor, en lo material y en lo espiritual.

Estos problemas se han agravado a causa de una crisis financiera internacional de la que Cuba, como tantos otros países modestos, no es culpable.

De todas las opciones posibles para encarar esta problemática, la más deseable en términos de bienestar sería trasvasar ese millón de ciudadanos excedentarios hacia tareas productivas. En la población cubana hay multitud de necesidades materiales insatisfechas y como el factor trabajo es el principal recurso productivo, una correcta aplicación de trabajadores a tareas productivas elevaría el nivel de bienestar material de los ciudadanos. Además se evitaría el penoso escenario de tener a 1 millón de ciudadanos en situación de exclusión social.

La tarea, aunque deseable, no tiene nada de sencillo y a los problemas que ahora reseñaremos habrá que sumar la inoportuna crisis financiera internacional que también afecta a la economía cubana aunque se haya gestado por el irracional funcionamiento del mercado capitalista mundial.
En primer lugar habría que programar las tareas hacia las que van a destinarse los recursos excedentarios. No debe resultar nada sencillo, pero en una economía que ha decidido ser Socialista, que ha decidido desprenderse de la organización capitalista, alguien debe tomar decisiones de este tipo. Con mayor o menor grado de descentralización, esas tareas corresponden, genéricamente, al Estado. Curiosamente, gracias al enorme desarrollo de la informática, planificar es hoy más fácil que hace 50 años.

Contrariamente a lo que indican los manuales de microeconomía burguesa (como los que habitualmente utilizamos para la docencia en las universidades españolas), el factor trabajo no es en modo alguno un factor homogéneo: no puede transitar libremente de una actividad a otra porque pierde calidad, pierde productividad. Supongamos que disponemos de un economista entre ese millón de ciudadanos excedentarios, y que necesitamos un albañil adicional para aumentar la producción de viviendas. Un economista no puede ejercer el oficio de albañil: no sabe, requiere adiestramiento, y ello cuesta tiempo y dinero. Además, un economista no tiene por qué estar dispuesto a abandonar su puesto de trabajo: generalmente los empleados con puestos burocráticos (mayores requerimientos intelectuales y menor esfuerzo físico) rechazarán ser reubicados en puestos más penosos (mayor esfuerzo físico) y esto planteará la necesidad de establecer incentivos al trasvase. Incluso la ubicación geográfica puede ser un problema: quizá falte mano de obra en lugares geográficos distintos aquellos en los que se localiza la mano de obra excedente. Y por si todo ello fuera poco, hay que establecer mecanismos de selección que impidan que los trabajadores trasvasados sean los más productivos en su actual actividad.

Tampoco podemos olvidar que capital y trabajo son elementos altamente complementarios: ¿de qué nos sirve un albañil adicional si no podemos pertrecharlo con las herramientas adecuadas, o si no le proporcionamos materiales de construcción?… ¿de qué nos sirve un panadero adicional sin harina adicional? Contrariamente a una idea muy extendida entre los economistas europeos, la baja productividad de los trabajadores cubanos no es culpa de la escasa disposición al trabajo (pereza), sino a un diseño inadecuado de los puestos de trabajo y a la falta de capital con el que trabajar, amén de los desincentivos al trabajo ocasionados por los bajos salarios reales que genera una economía mal organizada.

En algunos casos la falta de productividad (especialmente notable en la Industria y la Construcción) obedece a los bajos salarios reales: los trabajadores no se esfuerzan porque no se sienten adecuadamente retribuidos, y no pueden ser adecuadamente retribuidos porque, en ausencia de esfuerzo no es posible aumentar la producción de mercancías. Es un círculo vicioso que condiciona fatalmente el futuro inmediato de la economía: la falta recíproca de confianza.

Se percibe entre los economistas y dirigentes cubanos cierta preocupación por los efectos inflacionistas que tendría un aumento de salarios monetarios, y se percibe un esfuerzo pedagógico en hacer comprender a la población que no se puede lanzar más dinero al mercado en forma de salarios si no se dispone de más mercancías. Probablemente pesan mucho en la conciencia de unos y otros las presiones inflacionistas y sobre el tipo de cambio acaecidas a raíz del derrumbe del comercio con el campo socialista.

La cuestión es cómo financiar la adquisición de medios de producción en una economía en la que los efectos negativos del bloqueo se han visto reforzados por una crisis financiera foránea. Ni es posible conseguir créditos a largo plazo, ni es posible aumentar las exportaciones: los mercados no se abren a los productos cubanos por razones políticas y además la demanda de comercio mundial está deprimida.
Hasta ahora el dilema se ha encarado promoviendo la sustitución de importaciones. Aunque en los manuales de economía burguesa este tipo de políticas son muy criticadas, lo cierto es que no hay otra opción viable. El problema es que no está funcionando suficientemente.

En definitiva, la economía cubana requiere una restructuración que no puede pagar y sin embargo dispone de recursos (humanos) que podrían generar una cantidad de bienes y servicios que mejorarían notablemente el bienestar material de los ciudadanos.
2.- Bienvenido Mr. Keynes

Al evocar el nombre de este brillante economista no quiero poner sobre la mesa la necesidad de políticas expansivas por el lado de la demanda. Hoy no tiene sentido en Cuba. Keynes tiene valor como ejemplo de audacia intelectual, más allá de sus recetas concretas.
Quisiera por el contrario evocar su trabajo como cuasi- planificador. En particular quisiera llamar la atención sobre su aportación intelectual al problema de la financiación de la Guerra de Gran Bretaña contra la Alemania nazi.

La situación de Gran Bretaña en 1939 guarda ciertas similitudes con la economía cubana. Gran Bretaña tenía que desplegar un esfuerzo productivo importante, movilizar más horas de trabajo pero sin ofrecer a cambio mayores salarios reales porque la producción adicional habría ser de bienes militares, no bienes de consumo. En su obra “Cómo pagar la Guerra”2 (1939), Keynes se pregunta cómo es posible, sin compulsión violenta contra el ciudadano, moverle a trabajar más y gastar menos.

Lo que Keynes propuso fue realizar pagos diferidos a los trabajadores: aumentar los salarios monetarios pero ingresando parte de ese dinero en cuentas bancarias a nombre de cada trabajador, cuyos fondos no estarían disponibles para ser retirados hasta finalizada la guerra. Pagar más pero con el compromiso de ahorrar temporalmente los ingresos adicionales.
La propuesta de Keynes no tuvo el eco que él esperaba: que nos paguen con unos billetes que no podemos tocar no es muy digno de confianza. Tampoco es una receta aplicable directamente a la economía cubana, pero es intelectualmente llamativa.

Elevar los salarios monetarios puede ser una señal emitida utilizada por el Estado para romper el círculo vicioso que atenaza la economía cubana. Se debe elevar los salarios monetarios de los trabajadores más productivos, y se puede hacer, dentro de ciertos límites, sin que esto genere inflación. Ello requiere que dispongamos de algún procedimiento para medir la productividad individual y también sus incrementos. Si estamos dispuestos a pagar más y podemos observar la productividad individual, los mayores salarios monetarios estarán respaldados por las mercancías adicionales generadas por esos trabajadores. Es decir, se trataría de un incremento ex – post: sobre resultados productivos observados por la empresa. Lo inflacionista sería subir de forma generalizada e indiscriminada los salarios monetarios sin garantías de compromiso por parte del trabajador.

Se trata en definida de que el Estado tome la iniciativa en la ruptura del círculo vicioso: no trabajo porque no me pagan, no pagamos porque no trabajáis.
Esto puede generar dos problemas: inflación y desigualdad.

Desigualdad porque no todos los trabajadores tienen condiciones subjetivas para ser más productivos, y porque no todos trabajan en empresas en las que es posible lograr esos aumentos de productividad. Pero para nadie es un secreto que en Cuba las diferencias de ingreso se han agravado a raíz del “periodo especial”, y personalmente creo que las diferencias salariales basadas en diferencias de productividad o compromiso laboral, son más legitimas en el socialismo, que las diferencias de ingreso debidas a elementos aleatorios (remesas del exterior, propinas en sector turístico, pagos en moneda convertible en empresas mixtas): si se aceptan estas, ¿por qué no aquellas?

A pesar de los incrementos de productividad que podrían lograrse, esta política podría tener efectos inflacionistas: el caso en que la producción de bienes industriales crece en mayor proporción que los bienes de consumo. Los incrementos de productividad logrados se filtrarían quizá demasiado lentamente, por sucesivos encadenamientos, hacia el mercado de bienes y servicios.

También es posible encarar este problema aunque no es necesario llegar al extremo de retener salarios tal y como proponía Keynes. Hay que promover políticas de ahorro: tipos de interés reales más atractivos para depósitos a largo plazo; vinculación de las concesiones de préstamos para adquisición de determinados bienes al dinero ahorrado (prestar más a quien más haya ahorrado)… políticas, en definitiva, que animen a los cubanos a salir a la caza de pesos cubanos obtenidos en trabajos legítimos, y que les animen a inmovilizarlos voluntariamente en cuentas bancarias. Los economistas cubanos ponen el acento en la cantidad de dinero en manos del público, porque saben que el ciudadano está deseosos de cambiarlos por dólares o por mercancías: pongamos el acento en el dinero ahorrado, y no tanto en el dinero circulante. Pero ara eso hay que hacer atractivo el ahorro.




1 Granma, La Habana, 5 de abril de 2010.
2 Hay una versión en español incluida en el volumen “Ensayos de Persuasión”, de J. M. Keynes editada por Crítica, en Barcelona (1988), páginas 367–435.

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