Artemisa es, junto con Mayabeque, una de las provincias cubanas de más reciente creación. Se trata de un territorio que formó parte de la provincia pinareña y luego de la provincia Habana, la llamada Habana Campo, hasta que esta se desmembró en dos nuevos departamentos: Mayabeque y Artemisa.
Muchos piensan que dicha urbe tomó su nombre del de una diosa de la mitología griega, Artemisa, la Diana de los romanos, una virgen que amaba la cacería y a la que se representaba generalmente con la túnica al viento y dispuesta a disparar el arco. Digamos enseguida que nada tiene que ver con la diosa greco-romana el nombre de esta urbe del occidente de Cuba. Se llama así por una hierba de nombre Artemisa, decorativa, muy abundante en la zona en otro tiempo, pero que está ya casi extinguida: la gente tiende a eliminarla porque se extiende y arrasa con todo.
Bueno, esto de la hierba tuvimos oportunidad de aclararlo hace ya muchos meses en ese mismo espacio. Lo que queremos contar ahora es cómo surgió la ciudad de Artemisa. Artemisa, digámoslo de una vez fue fruto de un incendio. Veremos enseguida por qué.
En la tarde del domingo 25 de abril de 1802 La Habana conoció una de las mayores tragedias de toda su historia. El barrio habanero de Jesús María dejó prácticamente de existir en un abrir y cerrar de ojos. Casi 200 casas totalmente destruidas por las llamas y otras muchas con afectaciones de envergadura dejaban a más de 8 700 personas sin hogar. Se reportaban asimismo daños humanos. Fueron numerosos los lesionados y siete personas murieron carbonizadas. Eso es lo que se conoce hoy como el primer incendio de Jesús María, aunque las llamas alcanzaron también al barrio colindante, el de Guadalupe; una zona que se extendía desde la calle Águila hasta el puente de Chávez, en La Habana de extramuros, de las más pobres de la ciudad, con casas de madera y techo de guano en su mayoría.
El incendio dejó a la intemperie al diez por ciento de la población de La Habana de entonces, y el gobierno dispuso de inmediato el albergue de los damnificados en la fortaleza de la Cabaña, la Casa de Recogidas y algunos cuarteles de la ciudad. Una colecta pública se organizó en auxilio de las víctimas, pero tres días después solo había logrado allegar una cantidad tan exigua que el propio Marqués de Someruelos, el Capitán General, se echó a la calle a fin de tocar la fibra humana y mover el corazoncito de la población y exhortarla a ser más dadivosa.
Se desconoce si logró Someruelos su propósito. Pero ya a esa hora las clases vivas advertían que tocaba al gobierno construir las viviendas necesarias. Punto este que chocaba con un inconveniente real: no había madera ni dinero para asumir la reconstrucción.
Saltó entonces a la palestra don Francisco de Arango y Parreño, el llamado Estadista sin Estado y cabeza pensante de la sacarocracia criolla. El Capitán General debía autorizar la importación indefinida de madera desde Norteamérica, sugirió Arango y Parreño; madera que, en un comercio de trueque, se canjearía por mieles y otros frutos de la tierra.
Arango abundó en su sugerencia. Los damnificados asumirían ellos mismos la tarea de levantar sus casas. Y con tal fin se les entregaría el terreno necesario en el corral de San Marcos, a 14 leguas de La Habana y al sur de Guanajay, a fin de que se dedicaran a la agricultura. Es decir, Arango, por un lado, beneficiaba a los propietarios agrícolas con lo que aportarían para el canje de la madera y liberaba al gobierno de la responsabilidad de la mano de obra constructiva. Por otro, incrementaba la fuerza productiva en el campo e intentaba paliar un problema ya preocupante en la época: la superpoblación de la ciudad. Arango y Parreño, no hay que decirlo, era un bicho; le sabía un mundo a la colonia y sus problemas. Mataba cuatro pájaros con la sola pedrada de su propuesta. Arraigaba en el campo cuantas familias urbanas fuera posible, familias que de otra manera quedarían establecidas en La Habana…El plan dio resultado y el primer incendio de Jesús María hizo que naciera el pueblo de Artemisa.
Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.