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miércoles, 22 de junio de 2011

Los que recolonizaron Miami

Picture%20001 Por:  Nicolás Pérez Delgado

Como yo, muchos miles más quisieran que Miami tuviera el sabor de La Habana, ciudad amelcochada por el ritmo del guaguancó, el bolero y el son, por cuyas calles andan Venus con cinturas de cuello de botella y caderas de rumberas, donde se juega con alcurnia de grandes ligas lo mismo pelota que ajedrez, los cantantes famosos son gente de pueblo y, aunque hay mil carencias materiales, el afecto se regala y cualquier mujer con una sonrisa te llama mi amor para preguntarte la hora. 

      Como casi todos los cubanos que vivimos aquí, yo quisiera que Miami se pareciera en algo a La Habana, la cual, como ha dicho ese gran arquitecto recién fallecido, Nicolás Quintana, es una ciudad de verdad, compacta, con sentido de la cuadrícula. Miami no es compacta; se desparrama y muchas de sus calles y avenidas hacen curvas de majá por donde el automovilista pierde la orientación y sale a un lugar diferente a donde pensaba salir.

     Claro, Miami tiene poco más de cien años y según cuentan cubanos que ya casi se acercan a esa edad, fueron ellos los que la hicieron. Y es cierto. Se puede decir que recolonizaron Miami  cuando en oleadas comenzaron a llegar en 1959, casi siete décadas después de que una adinerada viuda de Cleveland adquiriera tierras en la desembocadura del río y logrará que el ferrocarril llegara hasta aquí. Unos venían huyendo de los tribunales revolucionarios; otros molestos porque se acababa el jamón dulce, los partidos políticos, la crónica social y la marca del desodorante que usaban, y no pocos porque el gobierno hacía una reforma agraria, instituyó un Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados y decretó que los negros entrarían hasta en el Miramar Yatch Club. No gustaban de aquellos rebeldes sin porte militar, barbudos, peludos y desaliñados, entre los que se contaban guajiros que nunca habían visto un tren ni un caserío de más de dos mil habitantes, aunque el populacho los aplaudía delirantemente y hasta algunas finas señoritas les coqueteaban como si fueran émulos de John Wayne en el filme Arenas de Iwo Jima. Y cuando los domingos jóvenes de 16 años y viejos de 60 de la milicia recién creada marchaban por las calles, los que tenían el pasaporte listo los miraban con desdén y seguían el ritmo que imponía el jefe del pelotón diciendo bajito un, dos, tres, cuatro, comiendo mierda y rompiendo zapatos.

      Y no era que todos los que llegaran a Miami fueran malas personas: esbirros o malversadores. Nada de eso. Había exitosos empresarios, cirujanos con una cuchilla de asombro, cantantes de fama y damas con corazón verdaderamente cristiano.

    Algunos llegaban y ni matriculaban a los hijos en la escuela, ¿para qué?, si a Castro lo que le quedaba de barba era un pelo. Pero pasó el año 1959 y Castro y su gentuza seguían en el poder. Algunos decían: “Estos americanos son unos…” y agregaban una palabra que tenía que ver con la preferencia sexual. Los menos exaltados decían que los americanos a veces eran lentos, pero no iban a permitir un relajo comunista a noventa millas y que hasta el bobo de la yuca sabía que Cuba no podía ser país sin los americanos.    

     Pero el retorno se retrasaba, la inmigración continuaba y Miami tuvo que expandirse, salir del cascarón de los alrededores del down town. 1960 pasó también, año que Cuba bautizó como el de la Reforma Agraria, sin que los cazabombarderos americanos atacaran a la Isla. “Ese cabrón de Kennedy”, se decía, y aunque no se perdían las esperanzas, los niños ya iban a la escuela. Los edificios del down town comenzaron a quedar más y más atrás y un bonito caserío con jardines y banderitas cubanas comenzó a desbordarse por millas y millas, sobre todo hacia el oeste y hacia el sur. Miami crecía y crecía, pero en los sueños de la mayoría era una ciudad provisional, de tránsito. La Isla estaba a media hora en avión.

      Las noticias y rumores que escuchaban esos soñadores eran buenas y eran malas. Había alzados en las lomas de Pinar del Río, en El Escambray y la Sierra Maestra, soldados de la democracia a los que el gobierno llamaba bandidos. En el puerto de La Habana voló el barco La Coubre, con casi cien toneladas de granadas y municiones y murieron más de medio centenar de comunistas. Radio Swan revelaba que el Che se iba a Rusia “para salvar el pellejo y no estar en Cuba el día de la lucha que se acercaba”. Pero a muchos preocupaban las noticias de que a la Isla llegaban tanques de guerra de fabricación soviética T-34, de blindaje muy duro y tremendos cañones. También Fidel Castro arengara diciendo “fusiles para los cocineros, fusiles para los maestros, fusiles para todo el mundo” y el régimen hasta iba a quitarle a los padres los hijos de cinco a dieciocho años.

      La Calle 8 se hizo emblemática y se seguía adorando a la Caridad del Cobre, la guayabera y el tabacón después de la tacita de café. Pero fueran malversadores, médicos, politiqueros, millonarios de abolengo, esbirros torturadores que escaparon del paredón o empresarios que se rompieron el lomo, no querían perder ni cubanía ni familia. Pero los designios del destino son indescifrables. La Habana resultó no copiable y algo ocurrió con la familia estilo cubano que tanto se quería preservar, de lo que hablaremos en una próxima crónica.