Publicación original en Cubano1er.Plano
En la jerga política local cubana se llama: diálogo, debate o discusión a los intercambios entre personas que piensan de la misma manera y comparten ideas y puntos de vista afines para profundizar en los temas, comprender mejor un asunto u organizar una tarea. Aunque el ejercicio no es completamente estéril, no es aplicable a entidades que sostienen puntos de vista diferentes.
No es difícil estar de acuerdo con la iglesia en la promoción de la virtud, la exaltación de la bondad, la solidaridad y la ayuda mutua en la búsqueda del bien común. Otros cantares son: el aborto, las manipulaciones genéticas o biológicas, la eutanasia y la actitud ante los homosexuales y otros asuntos. No se trata de polemizar, como si se tratara de un “club de discusión”, sino de trabajar para encontrar zonas comunes.
En ese empeño, mientras indagaba para escribir sobre la visita a Cuba del papa Benedicto XVI y trataba de entender como pudieran ser las relaciones y el dialogo en temas peliagudos entre un Estado, aunque laico, dirigido por materialistas consecuentes; acudí a un amigo cura católico que por razones de edad ya no ejerce, quien me recomendó varios textos tanto sagrados como profanos entre ellos: ¿EN QUÉ CREEN LOS QUE NO CREEN?*
Se trata de un intercambio de cartas entre Umberto Eco, que no necesita presentación y Carlo María Martini, sacerdote jesuita, cardenal y Arzobispo de Milán. Las cartas, originalmente publicadas en la revista “Liberal” en 1995 y que en 1997, a propósito de las reflexiones suscitadas por el advenimiento del III milenio, fueron convertidas en libro. A las epístolas se sumaron los comentarios de otras destacadas figuras de la política y la filosofía que introdujeron varios asuntos.
El intercambio entre el escritor y el arzobispo abarcó 8 temas: La obsesión laica por un nuevo Apocalipsis / La esperanza hace del fin «un fin»/ ¿Cuándo comienza la vida humana? / La vida humana participa de la vida de Dios / Hombres y mujeres según la Iglesia / La Iglesia no satisface expectativas, celebra misterios / ¿Dónde encuentra el laico la luz del bien? / Cuando los demás entran en escena, nace la ética.
Los otros comentaristas introdujeron asuntos como: La técnica supone el ocaso de toda buena fe / El bien no puede fundarse en un Dios homicida / Para actuar moralmente, confiemos en nuestro instinto / De la falta de fe como injusticia / Cómo vivo en el mundo, éste es mi fundamento / El credo laico del humanismo cristiano.
El ejercicio fue concluido por el cardenal Carlo María Martini con una reflexión afirmativa: La ética, sin embargo, precisa de la verdad.
La obra (a cuya lectura invito) demuestra lo que todos sabemos: entre religiosos, incluso un integrante de la más alta jerarquía como en este caso y laicos, creyentes o no, es posible y deseable el diálogo para intentar arribar a puntos de vistas no sólo exactos, sino correctos y justos (lo cual entraña un asunto más bien ético).
De hecho no hay nada exacto respecto al aborto, que no es un problema científico ni un dogma de la fe y mucho menos en relación con el uso del condón. En el siglo primero nadie hubiera podido plantearse los problemas asociados al cambio de sexo por vía quirúrgica, el trasplante de órganos o la fecundación “in vitro”.
Es probable que a pesar de lo ilustrativo del intercambio entre Umberto Eco y el Cardenal, resulte de poca ayuda para los factores que en Cuba deben realizarlo. En la Isla no se trata de un filósofo y un cura, sino de un Estado con responsabilidades en la conducción de la sociedad y de una Iglesia también interesada en el bien común.
Al tomar decisiones respecto a asuntos como los aludidos y otros, las autoridades cubanas, marxistas y materialistas, acudirán a los científicos, también materialistas, con lo cual pueden procurar respuestas donde no están. De esas complejidades trata la búsqueda de la verdad, que no es necesariamente una verdad científica, como tampoco teológica; puede ser también ética. La ética es un terreno común donde convergen la ciencia, la fe y el agnosticismo.
Laicos, ateos, creyentes y agnósticos pueden debatir hasta el infinito cómo se creó el mundo y cómo nació el hombre sin llegar nunca a ponerse de acuerdo. En cambio, actuando de buena fe, no sería difícil concordar en cómo no debe morir ningún hombre, sufrir ningún niño ni desaparecer la humanidad. Para comenzar: combatir el hambre, evitar la guerra y muchas otras cosas es algo que podemos hacer juntos. Hagámoslos. Allá nos vemos.