Publicación en Cubano1er.Plano
Los periodistas, editores y directivos no son responsables por la situación de la prensa en Cuba como tampoco los economistas lo son por la ineficacia de la economía ni los funcionarios de la administración pública por la burocracia. En la Isla, con identidad propia y consecuencias específicas, se expresan fenómenos que antes padecieron la Unión Soviética y los países del socialismo real, donde el modelo excesivamente centralizado y con déficits de democracia agotó sus posibilidades no sólo respecto a la economía sino también en los espacios de la superestructura jurídica, política e ideológica. El problema de la prensa no es funcional sino estructural.
El más relevante de los méritos de la prensa y los periodistas cubanos es haber acompañado desde el compromiso ideológico y político, con el valor y la creatividad que ello demanda, al proceso revolucionario del cual los medios de difusión masiva en conjunto son parte esencial. Sin ellos la obra revolucionaria hubiera sido imposible. ¿Cuál es entonces el problema?
Durante la lucha revolucionaria (1953-1959) la prensa liberal cubana encabezada por la revista Bohemia y los periódicos Prensa Libre, El país, El Mundo, La Calle, Zigzag y otros así como emisoras de radio y espacios de televisión, a pesar de la censura impuesta por la dictadura y las limitantes derivadas de las posiciones políticas e ideológicas de los dueños, acompañó la lucha en la Sierra Maestra y la clandestinidad, donde se fundaron órganos de nuevo tipo como El Cubano Libre y Radio Rebelde.
La mayoría de los dueños de aquellos y otros medios y cierto número de periodistas no resistieron las tensiones de la lucha y se apartaron del proceso; mientras otros se mantuvieron firmes al lado de la causa popular. Aunque en las primeras décadas se operó una continuidad que resultó positiva, la Revolución liberó a la prensa cubana y dio a los periodistas la oportunidad de servir al pueblo. Así nacieron el periódico Revolución y la revista Verde Olivo, mientras algunos sobrevivientes como Bohemia, El Mundo, Noticias de Hoy y otros reorientaron sus posiciones y políticas editoriales.
En el periodo entre 1959 y 1975, la prensa revolucionaria era materialmente apoyada por el gobierno y políticamente orientada por el liderazgo revolucionario encabezado por Fidel Castro que, de modo general y sin el empleo de métodos administrativos, ejercía la conducción del proceso revolucionario del cual la prensa era protagonista.
Entonces la dirección de la prensa se fundaba en un compromiso político e ideológico nunca desmentido de periodistas y directivos con la Revolución y el socialismo y no en una relación orgánica ni en mecanismos de subordinación. En aquellos tiempos, la dirección revolucionaria no intentaba administrar la prensa ni indicarle cómo abordar cada asunto. La Revolución no limitó la libertad de prensa sino que creó condiciones para que su ejercicio sirviera a las grandes batallas populares.
Todo cambio a partir de 1975 cuando se decidió trasladar a Cuba la experiencia soviética, la cual asignó al aparato ideológico del Comité Central la dirección centralizada de todos los aspectos relacionados con la prensa, en especial el contenido editorial y el nombramiento de sus directivos. Como parte de aquellas prácticas se atribuyó al órgano partidista potestad para trazar las “políticas informativas”. De ese modo, la dirección vertical, centralizada y a la larga burocrática, aplicada en la economía se reprodujo en los espacios ideológicos, culturales y políticos, en particular en la prensa.
En ese como en otros ámbitos entonces nos pareció que hacíamos lo correcto y probablemente a la vista de los condicionamientos históricos y la inexperiencia fuera así. No hay porque renegar de lo que hicimos y todas nuestras críticas al desempeño de la Revolución en cualquier terreno, serán siempre y de alguna manera, autocriticas.
Otro problema es que se permanezca pasivo cuando las estructuras y prácticas aplicadas de buena fe han dado todo lo que podían dar, se han convertido en un estorbo y necesitan ser renovadas. Entonces éramos inocentes, ahora no. Es sorprendente que ante hechos que avisan de la obsolescencia estructural, en el sector de la prensa y la información en Cuba se observe un inmovilismo absoluto. A veinte años del fin del socialismo real no circula una sola idea renovadora y no se conoce de ninguna iniciativa que en el ámbito estructural pueda conjurar los problemas y carencias existentes.
Quizás un primer paso sería reforzar y dar nuevas atribuciones a los consejos de dirección de los órganos, incluyendo la potestad de nombrar a sus directivos, rediseñar los mecanismos de colaboración para dar participación a la intelectualidad y al activo revolucionario en su conjunto y liberar a periódicos y revistas de compromisos administrativos, desconectándola de las estructuras de poder y de gobierno, dejando de ser órganos oficiales. Allá nos vemos.