Por: Jorge Gómez Barata
Sin estridencias ni propaganda como evidencia del tránsito del proceso político cubano a una etapa de mayor madurez, las elecciones, los debates constitucionales y los pronósticos se reinstalan en el panorama nacional y de a poco se integran a los ajustes y a las reformas estructurales que actualizan el modelo económico y perfeccionan el sistema político. Así se inaugura la etapa post revolucionaria y el país se aproxima a los estándares internacionales.
La sabiduría del liderazgo actual radica en “cambiar todo lo que deba ser cambiado” y en administrar la transición de una etapa a otra, encontrando las fórmulas que preserven el poder popular, legítimo patrimonio de la Nación, manteniéndolo a salvo de la partidocracia y de la corrupción que en muchos lugares padecen las prácticas electorales. No existe una formula mejor que las elecciones con sufragio universal, directo y secreto que, afortunadamente no están fatalmente atadas a la venalidad que lastra la historia política latinoamericana y son el principal factor legítimamente del poder.
Entre las acciones encaminadas a reforzar la democracia a la vez que se actualiza el sistema político no pueden dejar de mencionarse la reforma constitucional, la actualización de la ley electoral y de otros instrumentos jurídicos, así como el desarrollo de las ideas directrices de ese proceso que regirán el debate que forzosamente se originará en círculos políticos y partidistas, en los foros académicos, centros de estudio e investigación, así como en amplios sectores de la opinión pública. En esos contextos la participación de la prensa será decisiva para esclarecer y divulgar nuevas ideas y cerrar el paso a tendencias negativas.
Como botón de muestra de la pertinencia y de la complejidad de los intercambios que alimentaran el debate social, el domingo fui parte de una distendida tertulia que tuvo como único tema el ejercicio electoral en marcha que culminará el próximo mes de febrero. Por primera vez el contenido no fueron las habituales y exageradas loas, como tampoco las críticas infundadas ni las comparaciones con otros países; sino que esta vez se trató de algo completamente desconocido para las últimas diez generaciones de cubanos: los pronósticos y las apuestas electorales.
El eje del intercambio fueron las deducciones y especulaciones en torno al impacto y las consecuencias a corto plazo de la propuesta del presidente Raúl Castro, que limita a dos períodos de cinco años el desempeño de los principales cargos políticos y estatales, el primero de los cuales concluirá en febrero de 2013 en lo que respecta al Estado y en 2017 en relación con el Partido.
Hubo cierto consenso respecto a que la necesaria actualización de la Constitución de la República en materias del ejercicio del poder, dará lugar a la separación del Estado y del Partido y consiguientemente de los cargos de Presidente del Consejo de Estado, del Consejo de Ministro y de Primer Secretario del Partido que, en opinión de algunos participantes, presumiblemente pronto podrían ser ejercidos por personas diferentes. Uno de los participantes apostó a que en febrero aparecerá el cargo de Jefe del Gobierno para lo cual no es preciso reformar la Constitución.
El curso de estas reflexiones llevó a un punto definitorio que es el relacionado con la pertinencia de suprimir o reformular el artículo 5 de la Constitución, que expresa: “El Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.
Algunos ponentes estimaron que habrá que escoger entre reformular o suprimir ese precepto constitucional o legislar acerca de cómo realizaría el Partido la función dirigente sobre el Estado, lo cual pudiera ser algo excepcionalmente complicado y sin precedentes en ninguna constitución.
No se trata de renunciar al papel dirigente del Partido ni de disminuir su impacto sobre la sociedad sino de formularlo y realizarlo de otra manera, lo cual implicará cambios esenciales. El empeño conllevará debates, incluso riesgos, aunque ninguno es mayor que la inacción. Allá nos vemos.
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