Por pura casualidad, pues no soy asiduo a ese espacio televisivo, hace algún tiempo escuché en un segmento del programa “Clic punto cu” (creo que así se llama) del canal Habana, hablar sobre el primer cubano que había viajado al polo norte y mencionaron a Joaquín Castillo Duany. Contaron que se había enrolado en una expedición con dicho destino, que el barco había zozobrado y solo tres tripulantes, entre ellos el mencionado cubano, habían salvado la vida y retornado al puerto de partida, San Francisco, a través de Alaska, tras 16 meses de lucha contra el frío y el hambre en tierras heladas del territorio polar ruso y habían sido recibidos como héroes en California. De las personas entrevistadas, algunos bastante influyentes, nadie conocía del hecho.
Relatado de forma sensacionalista y en tan apretada síntesis, el televidente puede hacerse la idea de un aventurero cubano que se sumó a una expedición polar con el único interés de la notoriedad por la realización de un acto de tal índole en aquella época.
Nada se explicó acerca de que este cubano era, nada más y nada menos que el Dr. José Joaquín Castillo Duany, natural de Santiago de Cuba, graduado un año antes de médico cirujano en la universidad de Pennsylvania, devenido oficial médico del cuerpo de marina de los EEUU por reñida oposición quien, en un gesto de verdadero altruismo, se ofreciera como facultativo voluntario para viajar, a bordo del barco “Rodgers”, al rescate del buque “Jeannette”, atascado en los hielos polares árticos. La nave en que iba el Dr. Castillo Duany, efectivamente naufragó en tierras rusas cercanas al río Lena, donde sufrió una explosión falleciendo toda la tripulación, con la excepción de tres tripulantes, entre ellos el corajudo e intrépido doctor santiaguero, quienes tras meses de hambre y frío lograron llegar a la península de Kamchatka, cruzar el estrecho de Bering, arribar a Alaska y llegar hasta el puerto de San Francisco, California, donde ya se les daba por muertos. Del libro que escribiera sobre su estancia entre los esquimales igualmente no se mencionó una sola palabra.
Tampoco se comentó que este insigne cubano es el mismo Joaquín Castillo Duany, que en julio de 1890 ofreció un banquete al mayor general Antonio Maceo en Santiago de Cuba y estuvo junto a él en la llamada Conspiración del Manganeso. El mismo, que en 1892 viajara a EEUU y recibiera órdenes explícitas de José Martí para el levantamiento de Santiago de Cuba y se incorpora a las tropas del Titán de Bronce. El oficial del ejército libertador que el 1º de julio combatiera junto al Lugarteniente General y fuera enviado por éste a Jimaguayú como delegado a la Asamblea Constituyente, donde lo nombraron subsecretario de Hacienda, cargo al que renunció para volver con su jefe mambí a realizar la invasión a occidente en la que ostentó el cargo de jefe de la Sanidad Militar del Ejército Libertador con los grados de General de Brigada. Tampoco se hizo alusión, que por órdenes del general Maceo viajó a Santo Domingo y luego a Nueva York, donde fue nombrado subdelegado del PRC para la organización de las expediciones, cargo que desempeñó de forma destacada hasta el final de la guerra, logrando introducir en territorio cubano cientos de hombres e importantes cantidades de armamento y pertrechos, expediciones muchas veces comandadas por él mismo en condiciones de alto riesgo para su vida. El mismo que desilusionado por la intervención yankee de su patria, rehusó a su designación como delegado a la Asamblea Constituyente y prefirió continuar trabajando como médico.
Lamentablemente, sintiéndose muy enfermo viajó a París en 1902 y falleció en dicha ciudad el 21 de noviembre del mismo año. En su honor, el hospital militar de Santiago de Cuba lleva su nombre.
Entiendo perfectamente la limitación del tiempo, sobre todo en la TV - el implacable Dios Crono, como lo llama Taladrid – pero, aunque sea en una súper apretada síntesis, había que hablar sobre este ilustre cubano y motivar, sobre todo a los jóvenes, a indagar en la literatura sobre un patriota de la talla del Dr. Castillo Duany.
Creo que nuestros medios masivos y sobre todo la televisión, capaz de entrar a todos los hogares del país, deben ser más cuidadosos y respetuosos cuando se refieran a la vida y obra de próceres de nuestra independencia y tengan siempre presente el apotegma martiano que reza:
“…se afirma el pueblo que honra a sus héroes”.