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miércoles, 8 de mayo de 2013

REVOLUCIONAR ES INNOVAR

Barata Jorge Gómez Barata

www.cubano1erplano.com

A ciento cincuenta años del inicio de las luchas por la independencia en Iberoamérica y a medio siglo de la Revolución Mexicana, la Revolución Cubana aportó una innovación entre cuyas peculiaridades estuvieron la originalidad y la autoctonía. Autóctonos y originales fueron las motivaciones y las circunstancias, el método de lucha, el programa, la estrategia, la táctica y naturalmente los protagonistas.

Ajena a cualquier tendencia doctrinaria, la Revolución Cubana se realizó en medio de la Guerra Fría, aunque sin estar asociada ni condicionada por sus tensiones y sin ningún vínculo, ni siquiera como inspiración con corrientes, organizaciones o personalidades extranjeras. Con la única excepción de Fidel Castro, en Cuba y fuera de ella, sus líderes eran poco conocidos.

El programa de la Revolución fue expresión de un pensamiento político avanzado y síntesis perfecta de las necesidades y aspiraciones de todas las clases y capas de la sociedad cubana. Aquella dramática e inteligente apelación por los desposeídos y por los pobres, no excluyó a la burguesía nativa, los agricultores y ganaderos del país; a la vez que no aludió a ninguna corriente, personalidad ni ideología foránea. Por su vigencia, por su espíritu y por la hondura de su contenido; la Historia me Absolverá es todavía un programa revolucionario.

Curiosamente, en aquel programa no se alude a los Estados Unidos, no se denuncia al imperialismo, sí se elogia al socialismo. En esa época Fidel Castro no conocía a ningún soviético ni a ningún otro exponente del movimiento comunista mundial, incluso no existían vínculos con los marxistas locales ni con otros líderes o partidos.

Sin necesidad de nada de aquello, sin apoyo, asesorías ni directivas ideológicas y sin que nadie hubiera preparado a los cuadros ni existiera ninguna política para hacerlo, tanto en la guerra en las montañas como en la lucha clandestina en las ciudades, la Revolución lo hizo todo bien y a tiempo y después del triunfo actuó de modo impecable.

Sin traumas ni vacilaciones jóvenes imberbes, obreros y campesinos sin ilustración encararon la tarea de hacerse cargo de la dirección del país, asimilando el derrumbe de las instituciones de la carcomida república, que no sobrevivieron al fin de la tiranía. Hombres que perdieron la inocencia antes que la juventud, asumieron exitosamente las tareas de construcción nacional y la defensa del país frente a la agresividad de Estados Unidos.

En los años sesenta, bajo enormes tensiones derivadas de la hostilidad estadounidense que, a sus agresiones y bloqueo, incluida la invasión por bahía de Cochinos, sumó a sus aliados occidentales y a toda América Latina (excepto México), aislando a Cuba, el proceso revolucionario se reorientó adoptando los esquemas económicos, políticos, institucionales e ideológicos vigentes en la Unión Soviética que, a la larga, allí mismo resultaron inviables.

En consonancia con la experiencia histórica, ante la urgente necesidad de rectificar y eliminar lastre; la Revolución necesita avanzar resueltamente. No se trata de mirar atrás para renegar sino para identificar los errores que aún conservan vigencia y rectificarlos. Tampoco es posible ni necesario regresar a etapas superadas ni levantar metas extemporáneas sino, dentro de lo posible recuperar el espíritu y el ímpetu de la época fundacional. No hace falta una autocrítica sino de un relanzamiento para rescatar acentos, empeños y autoctonía.

La Revolución Cubana no necesita apostar por la innovación sino ser ella misma la innovación. No hay alternativa: el discurso revolucionario es políticamente renovador o no es. Allá nos vemos.