Por: Jorge Gómez Barata
No parece pertinente tratar de reinterpretar la historia reciente, aunque si sacar de ella las debidas conclusiones. De haber encarado de modo más dialectico y comprensivo las diversas propuestas de reformas que a lo largo de 70 años se formularon en la Unión Soviética y durante cuatro décadas en otros países de Europa Oriental, otro pudo haber sido el destino del socialismo.
Ser revisionista o reformista era de los más mayores pecados que podían cometerse en aquellos países. En el primer caso se utilizaba para estigmatizar actitudes teóricas creadoras o interpretaciones consideradas ajenas a la ortodoxia y era equiparable a la herejía ante los dogmas de la fe. Por su parte el reformismo aludía a comportamientos políticos esencialmente válidos aunque estigmatizado por considerarlo antítesis de la revolución y que eran fuertemente penalizadas.
A diferencia de lo ocurrido en la Unión Soviética antes de Gorbachov y en los países ex socialistas de Europa, particularmente Polonia, Hungría y Checoslovaquia donde las reformas económicas y políticas fueron reclamadas por teóricos y académicos con influencias mínimas, en China, Vietnam y Cuba han sido promovidas desde el poder. La génesis hace la diferencia.
Debido a que no suelen modificar las bases del sistema, en cuyo caso serían revolución o su contrario, las reformas, realizadas por los mismos operadores políticos y con los mismos métodos, corren el riesgo de subsanar algunos defectos del sistema y reproducir otros. El único paliativo visible es que los círculos dirigentes abran el juego, lean correctamente la realidad y resuelvan el déficit de democracia y participación decisoria que fueron decisivos en el trágico destino del socialismo real.
Democratizar el socialismo no es imitar las prácticas liberales del capitalismo sino ser consecuente con sus postulados más legítimos y auténticos, entre otros la sentencia de que el poder reside en el pueblo que da a líderes y gobernantes un mandato. Al actuar de ese modo, los círculos dirigentes reasumen su condición de vanguardia política, esta vez no para destruir a un adversario sino para autocriticarse a sí misma.
La primera vez que escuché a Fidel Castro citar a Lenin fue el 26 de marzo de 1962 cuando al denunciar las prácticas sectarias en que incurría un sector del antiguo partido marxista-leninista cubano fue lapidario: “La seriedad de un partido revolucionario ─dijo invocando al líder bolchevique─ se mide por la actitud antes sus propios errores”.
La dialéctica de los procesos políticos puede ser sorprendente: En el contexto cubano las reformas no sustituyen ni desdoran a la Revolución, sino que pueden perfeccionarla, incluso profundizarla. Allá nos vemos.