Por: Jorge Gómez Barata
Tal vez las exhortaciones del presidente Raúl Castro para desarrollar el pensamiento y su convocatoria a intelectuales, científicos y académicos a participar en la lucha ideológica, permita rescatar la idea que esa lid no se libra solo contra los enemigos de la Revolución, sino también contra dogmas y prácticas que impiden la auto renovación del socialismo.
En virtud de la situación creada con la liquidación de la Unión Soviética que tuvo efectos devastadores para la economía y la sociedad cubana acosada por el bloqueo norteamericano, Fidel Castro llamó a la resistencia, circunstancia que, durante veinte años, aplazó los debates teóricos y el examen de las causas que provocaron la ruina del socialismo real, lo cual ha creado un déficit en la cultura política, que puede haber influido negativamente en el desarrollo institucional cubano.
La supervivencia de criterios teóricos desfasados en materias como la filosofía y la economía política; así como de la institucionalidad política, el modelo económico, la estructura y la dinámica de la sociedad civil, el papel de las organizaciones sociales y políticas, la prensa y otros, significan un freno en los empeños renovadores.
Cuando se trabaja intensamente por actualizar el modelo económico, modernizar las técnicas de gerencia, integrar la economía cubana con la región y sintonizarla con corrientes avanzadas, se observa el reiterado esfuerzo de hacer funcionar la producción y los servicios a partir de críticas, llamados y exhortaciones políticas.
La idea de que esa prédica puede mejorar el desempeño de industrias, plantaciones o actividades deficientes, sustituir carencias objetivas y defectos de organización, es una expresión del voluntarismo que no favoreció el desarrollo del socialismo. Por añadidura, debido a que en Cuba las entidades políticas constitucionalmente poseen mayor jerarquía y autoridad que las instancias estales y empresariales, tiene lugar una suplantación de funciones con la cual, por otra parte, se intenta luchar.
No vale la pena tratar de probar que nadie puede comprometerse a elevar la productividad del trabajo, aumentar el rendimiento de la tierra, hacer eficiente la actividad industrial, comercial o de servicios sin contar con los medios y las herramientas, las motivaciones y los estímulos para hacerlo.
Es paradójico que en esos ineficaces esfuerzos se involucren elementos de la vanguardia política, precisamente aquellos de quienes se esperan las ideas y propuestas más avanzadas, aun cuando ello implique tomar riesgos. Las prácticas que condujeron al fracaso al socialismo son indefendibles y la condición de vanguardia no es un título nobiliario ni se sustenta en preceptos legales, sino un atributo que es preciso ratificar. Allá nos vemos.