Por: Jorge Gómez Barata
Aunque se sabe que en los procesos sociales no existe el blanco y negro y que la verdad es mezcla, circunstancialmente es preciso adoptar unos puntos de vista y rechazar otros, lo cual es notable cuando concurren premisas ideológicas o apremios políticos. Así ocurre con fenómenos como el capital extranjero.
Por necesidades de la labor patriótica y la movilización social, a lo largo de más de cien años, las vanguardias políticas e intelectuales latinoamericanas y cubanas han adoptado posiciones antiimperialistas y denunciado el nefasto papel desempeñado por el capital extranjero, principalmente norteamericano. Tan opulenta ha sido esa necesidad, que apenas si hubo espacios para reconocer otras aristas.
Si bien la entrada de capital extranjero en América latina y Cuba fue una consecuencia y una extensión de la dominación colonial y, en todos los casos un recurso para mantener el modelo agroexportador y el saqueo de los recursos naturales; también trajo consigo financiamiento para el crecimiento económico, tecnologías, mercados y promoción de habilidades gerenciales.
Para imponer sus intereses, el capital extranjero, amparado por los gobiernos europeos y norteamericano corrompió a los sistemas políticos, condicionó la actuación de la burguesía nativa y sostuvo regímenes oligárquicos sustentados en fuerzas conservadoras y dependientes. Esas circunstancias conectaron el independentismo, el nacionalismo y las luchas de liberación con el antiimperialismo y el repudio a la inversión extranjera.
Ya sea porque al interior del capitalismo se han producido mutaciones que tienden a separar a los inversionistas del intrusismo político directo al estilo de la United Fruit Company, la Standard Oil o la Gulf Oil y porque los procesos políticos han conducido al establecimiento de gobiernos más comprometidos con los intereses nacionales, en muchos países se logra una aceptable compatibilidad entre los intereses del capital extranjero y los esfuerzos nacionales por el desarrollo.
Estos procesos explican la aparente paradoja de que, como parte del perfeccionamiento de su estructura económica y como opción para salvar las conquistas socialistas, Cuba procure atraer el capital extranjero, sin por ello comprometer la soberanía y los intereses nacionales cosa en la cual, probablemente en demasía, se ha insistido últimamente.
La historia económica cubana describe la presencia de capitales y pequeños inversionistas extranjeros y nacionales, principalmente norteamericanos que, aprovechando las ventajas que les proporcionó la ocupación de la Isla (1898-1902), adquirieron enormes cantidades de tierras fomentado el cultivo de la caña, la fabricación de azúcar y la cría de ganado, obtuvieron ventajosas concesiones mineras, montaron, refinerías de petróleo, empresas ferroviarias, navieras, grandes firmas importadoras y exportadoras y monopolizaron servicios de electricidad, gas y telefonía.
Los pequeños inversionistas nacionales y foráneos, españoles y chinos con algunos sirios o libaneses, compartieron los espacios con los nacionales y establecieron pequeños comercios y almacenes, de víveres, ropas, calzado, fondas, restaurantes, además de explotaciones agrícolas principalmente en la rama de tabaco, café y colonias cañeras; así como barcos de pesca, panaderías, imprentas, contribuyendo extraordinariamente al desarrollo nacional.
Por exigencias y coyunturas del proceso revolucionario, se asumió que los capitales privados nacionales y extranjeros resultaban incompatibles con el socialismo lo que conllevó a su erradicación, incluyendo erróneamente a la pequeña y mediana empresas manejadas por nacionales y extranjeros, rectificación que la nueva ley de inversión extranjera deja pendiente. Luego les cuento más. Allá nos vemos.