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lunes, 7 de abril de 2014

DE NOMBRES Y APELLIDOS

Por: Nelson Páez del Amo

En cuanto el homo sapiens comenzó a desarrollar el habla, surgió la necesidad de diferenciarse los unos de los otros y comenzaron a utilizase los nombres propios con estos fines. Como fuentes de los cognomentos primigenios sirvieron las cualidades físicas, las circunstancias del nacimiento, nombres comunes, deseos de los progenitores…Más tarde, con el lógico crecimiento poblacional y la repetición de los mismos nombres, se impuso una diferenciación más específica y acorde con el desarrollo social. Surgieron así los apellidos para identificar a los individuos de igual nombre, formados unas veces por patronímicos- Pérez de Pedro, Martínez de Martín, López de Lope – otras por gentilicios – lugares de nacimiento o procedencia: Linares, Lago, Valle, Gallego, del Rey – y también por las profesiones o las características de los clanes o los individuos – Sastre, Herrero, Caballero, Guerrero. En nuestro idioma español se utilizan dos apellidos: el primero y hereditario por línea paterna, y el segundo por vía materna.

De un tiempo a esta parte, como diría abuela, ha surgido el mal hábito y la mala maña de llamar a todos por su nombre fuera del seno familiar e íntimo. Ya no se habla del doctor Rodríguez Pérez, o del ingeniero García Alfonso o del profesor Ruiz Oñate, de la maestra Luisa Peñate sino del doctor Guillermito, el ingeniero Manolito o el profe Miguel y la maestra Luisita. Amén de la falta del debido respeto que merece cualquier persona en el trato hacia ella –en nuestra rica lengua existe el trato de respeto con la voz Usted que muchos han olvidado- el llamar a las personas solamente por su nombre en el ámbito social constituye un retroceso en la evolución del lenguaje. Tomemos el ejemplo de un hospital. Cuando usted pregunta por el doctor Pérez Bruzaín, es muy difícil que existan dos con los mismos apellidos; ahora, si usted procura al doctor Alfredo, se encontrará que pueden haber varios con ese nombre y es ahí donde vienen las confusiones, los equívocos y las pérdidas de tiempo tratando de identificar al personaje.

Reedifiquemos nuestra sociedad basados en el respeto al prójimo, y al derecho ajeno, como una vez enunciara el Benemérito de las Américas don Benito Juárez –“El respeto al derecho ajeno es la paz.”

No confundamos libertad con libertinaje. Las buenas costumbres, el orden, la decencia, la honestidad y la probidad no son valores ni obsoletos ni caducos y debemos ir a su definitivo recate o nuestra sociedad se hundirá en el caos y la anarquía, y ese mundo mejor que todos ansiamos, simplemente se irá “a bolina”, como el clásico papalote, sin posibilidad de recuperación. Tiempo propicio es ahora para recordar el apotegma martiano: “Los malos no triunfan sino donde los buenos son indiferentes”.