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viernes, 23 de mayo de 2014

Base económica y valores humanos

cuba_wide-b2d5bb2d6bcef76a1eb5b97499d218fa664713b2-s6-c30Por: Rolando López del Amo

Cuando se habla hoy de pérdida de valores hay que mencionar dos hechos, estrechamente vinculados entre sí, que produjeron un impacto muy negativo en nuestra sociedad. El primero fue la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el mundo socialista europeo, que culminó con la desintegración del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y nos dejó, de la noche a la mañana, sin nuestros principales socios económicos en los campos de las finanzas, el comercio exterior y la transferencia de tecnologías y preparación de cuadros calificados, desde los niveles de postgrado universitario, hasta el de obreros. Pero, si el daño económico fue brutal, con un descenso de más de la tercera parte de nuestro Producto Interno Bruto, peor fue en el orden político, sobre todo el fin de la URSS de manera abrupta y por implosión. La pérdida del ejemplo de la primera revolución socialista triunfante en el mundo y factor decisivo en la derrota del nazismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, del país que con su apoyo y solidaridad fue el sostén mayor para la existencia de la revolución cubana frente a la agresividad de la mayor potencia imperialista del mundo, fue un golpe moral muy fuerte.

Solamente el liderazgo excepcional de Fidel y la unidad de nuestro pueblo en torno a él, permitieron la persistencia de nuestra experiencia revolucionaria.

Sin embargo, las duras realidades económicas comenzaron a sentirse de manera dolorosa en lo que dimos en llamar “período especial”. Y aquí vino el segundo elemento que pasó a marcar el diario vivir del cubano: la pérdida del valor de la moneda nacional. El peso cubano, que hasta 1990 tenía en el mercado interno un alto valor, equiparable al dólar americano o más, comenzó a cotizarse a 150 pesos por un dólar. La escasez de productos esenciales no se hizo esperar y hubo que dar paso a la apertura de mercados campesinos de oferta y demanda y despenalizar la tenencia de divisas para adquirir productos importados y abrir un respiro a la sobrevivencia nacional. Surgió una situación en extremo compleja que dañó profundamente nuestro tejido social, como algunos gustan llamar al deterioro de valores en nuestra sociedad. Una suerte de sálvese el que pueda, un estar “arriba de la bola” según la canción popular, comenzó a extenderse como una epidemia.

Hoy no estamos ya en aquellos primeros momentos, pero enfrentamos sus consecuencias. Los jóvenes de hoy son los hijos del período especial, que impactó tan negativamente a la nación.

Todavía el peso cubano vale 25 veces menos que en 1990. Todos los salarios fueron reducidos en 25 veces.

La pérdida del valor del peso cubano es la madre de la pérdida de otros valores porque, sencillamente, los trabajadores no pueden satisfacer sus necesidades con los salarios que perciben. De esa necesidad de sobrevivencia nacieron los conceptos de “luchar”, no importa como, ya sea robando o prostituyéndose, que dieron lugar a “el desvío de recursos” o el “jineterismo”. Y esto en medio de una complicidad colectiva digna de la pluma de Lope de Vega en “Fuenteovejuna”.

Mientras los salarios no alcancen a cubrir las necesidades básicas seguirá existiendo la ausencia de la madre de muchos otros valores, porque la necesidad de comer, vestirse, calzarse, mantener una casa, un hogar, una familia, imponen soluciones diarias y no programas a largo plazo, necesarios, pero que no dan respuesta al hoy que no puede esperar. Sin creer en soluciones mágicas, hay que acelerar las medidas imprescindibles ya aprobadas para lograr un cambio favorable en el plazo más breve. Entretanto, seguiremos sufriendo el desangre de la emigración anual de decenas de miles de personas, mayormente jóvenes y calificados.

Parafraseando un viejo discurso del Presidente Raúl Castro en los primeros tiempos de la revolución, creo que fue en el Parque Central de La Habana, es necesario sacudir la mata de la burocracia nacional para que caigan, a todos los niveles, los obstáculos a los cambios y reajustes imprescindibles e impostergables. Y garantizar que nuestros jóvenes se sientan convencidos de y motivados con nuestro proyecto histórico de independencia nacional y justicia social. Si la juventud no lo hace suyo, corremos el riesgo de que se pierda, como ya apuntó Fidel en aquel discurso de hace unos años en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, que merece ser releído y estudiado. Y parejamente con el trabajo económico ha de ir el ideológico, que explica el porqué de las cosas y hacia dónde queremos marchar. Además, como ha dicho el Primer Vicepresidente, Miguel Díaz Canel, un buen trabajo ideológico es hacer las cosas bien. El valor del ejemplo es fundamental.

El marxismo, que es ciencia, aunque se haya aplicado mal, demuestra que la base económica de la sociedad determina, en última instancia, su superestructura política, ideológica, cultural, ética, jurídica, etc. Cuando la base anda mal, todo se tambalea. Vale la pena recordar aquello que dijo José Martí muy relacionado con los valores: “en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno” (tomo 8-pág.289)