Por: Jorge Gómez Barata
A diferencia de la ciencia, la tecnología, la industria, la agricultura, la cultura y todas las manifestaciones del arte, esferas en que constantemente se introduce una innovación tras otra; las estructuras y las instituciones políticas se han inmovilizado desde hace más de dos siglos.
El triunfo del liberalismo en Europa y su derrame al Nuevo Mundo tuvo su expresión más temprana y cabal en los Estados Unidos, donde se fundó la primera república moderna, se adoptó la primera constitución y se fundó el primer estado de derecho.
Europa aportó el experimento bolchevique y los estados de bienestar. El primero frustrado por una abrumadora combinación de hostilidad, errores teóricos y el despliegue del estalinismo, a lo cual se sumó la embestida fascista, el inmovilismo y una rectificación que, además de tardía, fue mal conducida y precipitó el final. Entre tanto, los estados de bienestar, la más relevante conquista del reformismo socialdemócrata, sufre los embates del neoliberalismo.
En Iberoamérica, con contadas excepciones, el dominio de la oligarquía sometida al capital extranjero y la dependencia política respecto al imperialismo norteamericano congeló la evolución política hasta la Revolución Cubana, que incentivó todas las formas de lucha y abrió una fecunda etapa cuyos frutos se cosechan todavía.
Se trata de un proceso promotor de una rica variedad de opciones políticas con expresión en todos los países, que ha resistido 50 años de bloqueo, sobrevivió a la debacle del socialismo real y a la Unión Soviética, no retrocedió ante la agresividad de Estados Unidos y la reacción mundial, alentó el desempeño de una nueva y exitosa izquierda, y se interna en la reforma económica que, paradójicamente,
demora la introducción de iniciativas para el perfeccionamiento de su institucionalidad, con lo cual reforzaría la cohesión interna, aprovechando otra oportunidad para hacer historia.
Es posible que a pesar de lo aparente, este sea el momento propicio para introducir ajustes en el modelo político cubano, entre otras cosas porque la realidad lo demanda. Para la Revolución Cubana una mirada renovadora a la Constitución, al sistema electoral, y a la estructura de los poderes del Estado, no es una prueba sino una oportunidad.
La Revolución es más genuina cuando ejercita la facultad de renovarse ella misma. Francamente no encuentro razones para la espera. Allá nos vemos.