Desde que éramos niños hemos escuchado el término maquiavelismo en un sentido negativo, como algo que define una conducta malvada. ¿Es así? Si consideramos que aconseja al gobernante que es más importante ser temido que amado, sacado del contexto en que lo dice, podríamos coincidir con la acepción referida. También, luego de aceptar como positivas las virtudes más nobles, dice que la realidad demuestra que llegan al poder los mentirosos y simuladores que no cumplen con lo prometido. Sin embargo, los estudiantes de ciencias sociales y políticas tienen que consultar obligatoriamente el texto de Nicolás Maquiavelo (1469- 1527), El príncipe, que estudia experiencias políticas pasadas y contemporáneas del autor, sobre el modo de gobernar los reinos y ofrece consejos a los soberanos. Aunque han pasado varios siglos desde que el insigne florentino escribiera este texto, siempre pueden encontrarse observaciones de interés que han resistido el paso del tiempo.
En carta a Federico Engels de fecha 25 de septiembre de 1857 Carlos Marx le comenta a su amigo, muy favorablemente, la Historia de Florencia escrita por Maquiavelo y la califica de “obra maestra”. Por su parte, Engels, en su Introducción a la “Dialéctica de la Naturaleza”, escrita en 1875-76, dice que “Maquiavelo fue hombre de Estado, historiador, poeta y, por añadidura, el primer escritor militar digno de mérito de los tiempos modernos”. Es, a no dudarlo, una de las grandes figuras del pensamiento moderno europeo.
En el capítulo XXI de la obra, titulado “Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado”, puede leerse: “… Se estima al príncipe capaz de ser amigo o enemigo franco, es decir, al que, sin temores de ninguna índole, sabe declararse abiertamente en favor de uno y en contra de otro.” Esta cualidad de no ser ambiguo merece el respeto de amigos y enemigos.
Otro aspecto que destaca Maquiavelo en el Capítulo XXII es el referido a los funcionarios que acompañan al príncipe en el ejercicio del gobierno. Al respecto dice: “No es punto carente de importancia la elección de los ministros… La primera opinión que se tiene del juicio de un príncipe se funda en los hombres que lo rodean: si son capaces y fieles podrá reputársele por sabio, pues supo hallarlos capaces y mantenerlos fieles.” Nótese que Maquiavelo antepone la capacidad a la fidelidad, porque la segunda es nula sin la primera. Lo esencial es que el gobierno esté en manos de personas capaces y, obviamente, leales al príncipe. Y añade Maquiavelo: “ Para conocer a un ministro hay un modo que no falla nunca. Cuando se ve que un ministro piensa más en él que en uno y que en todo no busca más que provecho, estamos en presencia de un ministro que nunca será bueno y en quien el príncipe nunca podrá confiar”.
En el Capítulo XXIII Maquiavelo advierte sobre ciertos elementos perniciosos de los que el príncipe ha de guardarse: “No quiero pasar por alto un asunto importante, y es la falta en que con facilidad caen los príncipes si no son muy prudentes o no saben elegir bien. Me refiero a los aduladores, que abundan en todas las cortes. Porque los hombres se complacen tanto en sus propias obras, de tal modo se engañan, que no atinan a defenderse de aquella calamidad... No hay otra manera de evitar la adulación que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad.” Maquiavelo no está defendiendo la democracia pues reduce la consulta del príncipe a los que el llama “los hombres de buen juicio del Estado” y que solamente opinarán acerca de lo que el príncipe inquiera. Sobre esto amplía: “…Un príncipe debe pedir consejo siempre, pero cuando él lo considere conveniente y no cuando lo consideren conveniente los demás... Debe preguntar a menudo, escuchar con paciencia la verdad acerca de las cosas sobre las cuales ha interrogado y ofenderse cuando se entera de que alguien no se la ha dicho por temor. Se engañan los que creen que un príncipe es juzgado sensato gracias a los buenos consejeros que tiene en derredor y no gracias a sus propias cualidades. Porque ésta es una regla general que no falla nunca: un príncipe que no es sabio no puede ser bien aconsejado y, por ende, no puede gobernar”.
Anteriormente, en el Capítulo XXI ya mencionado encontramos este importante consejo: “Y cuando cualquier súbdito hace algo notable, bueno o malo, en la vida civil, hay que descubrir un modo de recompensarlo o castigarlo que dé amplio tema de conversación a la gente.” Y más adelante expresa:” El príncipe también se mostrará amante de la virtud y honrará a los que se distingan en las artes. Asimismo, dará seguridades a los ciudadanos para que puedan dedicarse tranquilamente a sus profesiones, al comercio, a la agricultura y a cualquier otra actividad; y que unos no se abstengan de embellecer sus posesiones por temor a que se las quiten, y otros de abrir una tienda por miedo a los impuestos. Lejos de esto, instituirá premios para recompensar a quienes lo hagan y a quienes traten, por cualquier medio, de engrandecer la ciudad o el Estado. Todas las ciudades están divididas en gremios o corporaciones a las cuales conviene que el príncipe conceda su atención. Reúnase de vez en vez con ellos y dé pruebas de sencillez y generosidad, sin olvidarse, no obstante, de la dignidad que inviste, que no debe faltarle en ninguna ocasión.” Tener en cuenta las opiniones de la incipiente burguesía y sus operarios y no solamente de la nobleza.
El Capítulo XIX trae las siguientes consideraciones: “Trate el príncipe de huir de las cosas que lo hagan odioso o despreciable... Hace odioso, sobre todo… el ser expoliador y el apoderarse de los bienes y de las mujeres de los súbditos, de todo lo cual convendrá abstenerse. Porque, la mayoría de los hombres, mientras no se ven privados de sus bienes y de su honor, viven contentos; y el príncipe queda libre para combatir la ambición de los menos que puede cortar fácilmente y de mil maneras distintas. Hace despreciable el ser considerado voluble, frívolo, afeminado, pusilánime e irresoluto, defectos de los cuales debe alejarse como una nave de un escollo, e ingeniarse para que en sus actos se reconozca grandeza, valentía, seriedad y fuerza.
“…Un príncipe debe temer dos cosas: en el interior, que se le subleven los súbditos; en el exterior, que le ataquen las potencias extranjeras. De éstas se defenderá con buenas armas y buenas alianzas... En lo que se refiere a los súbditos, y a pesar de que no exista amenaza extranjera alguna, ha de cuidar que no conspiren secretamente; pero de este peligro puede asegurarse evitando que lo odien o lo desprecien y, como ya antes he repetido, empeñándose por todos los medios en tener satisfecho al pueblo. Porque el no ser odiado por el pueblo es uno de los remedios más eficaces de que dispone un príncipe contra las conjuraciones.”
Ya en el capítulo IX Maquiavelo había escrito:“ Insistiré tan sólo en que un príncipe necesita contar con la amistad del pueblo, pues de lo contrario no tiene remedio en la adversidad.” Y en el capítulo XXIV recordará que “ las únicas defensas buenas, seguras y durables son las que dependen de uno mismo y de sus virtudes”.
Revisando estas consideraciones, algunas de las cuales hemos podido constatar en nuestra propia experiencia histórica, más y más se aprecia la vigencia, la contemporaneidad política de nuestro José Martí, de quien no he encontrado referencias a la obra de Maquiavelo. Sin embargo, en la política martiana hay coincidencias con algunas de estas ideas como la de la franqueza en las opiniones básicas, en dejar claro de que lado se está, y al mismo tiempo la cautela y astucia para no dañar, innecesariamente, el logro de los objetivos propuestos. El apoyo del pueblo, la ejemplaridad de la persona líder, las alianzas necesarias en la arena internacional, la política interna de consulta y contacto con las organizaciones sociales, la defensa que se apoya en las propias fuerzas ante todo, la preocupación por la prosperidad de la nación.
Estos consejos al gobernante nacidos en la época renacentista italiana mantienen, en los pueblos que apenas inician su tránsito a una etapa social más alta en la que todavía los individuos cuentan más que las instituciones, va cediendo, poco a poco, al papel de las instituciones y procedimientos nacidos de esos cambios. José Martí lo explica así: “En pueblos nuevos, heterogéneos, y por una u otra manera primitivos, a pesar de su apariencia de civilización o de civilización parcial, presidente puede significar lo mismo que caudillo, e indicar que el que lo es posee en grado culminante la condición característica de su pueblo o la de equilibrar y manejar sus varios elementos.
“En países donde la mayoría de los hombres conoce su interés y es capaz de su derecho, el gobierno no proviene de la necesidad de que lo ejerza una criatura superior por sabiduría, por ambición o astucia, sino de la imposibilidad material de que todos los humanos gobiernen a una vez, por lo cual se ponen de acuerdo sobre el modo mejor de dirigir sus asuntos y escogen de entre sus filas los que les parecen más capaces de entenderlo y ejecutarlo, o les proponen ideas que creen aceptables y útiles” (Carta a La Nación, publicada el 26 de enero de 1887) Sin olvidar que “el gobierno de los hombres es la misión más alta del ser humano, y sólo debe fiarse a quien ame a los hombres y entienda su naturaleza” (Carta a La Nación publicada el 26 de junio de 1886)