Por: Jorge Gómez Barata
El establecimiento de un estado kurdo en Irak parece un hecho consumado, mientras que separar a chiitas y sunitas es más práctico que reconciliarlos. Es probable que los días de Irak como estado y país, con las fronteras estatales actuales, estén contados. La interrogante es si será ¿para bien o para mal?
El posible desenlace forma parte del reajuste geopolítico derivado del aventurerismo norteamericano que puede dar lugar a tres nuevos estados: uno kurdo, otro poblado por chiitas, y el tercero por sunitas. Para quien no parece haber espacio es para el Califato Islámico, al que todos temen y combaten.
De no ser por lo violento y cruel de la mutación, que puede haber costado hasta un millón de muertos, no habría porque alarmarse. Hechos de esa naturaleza son frecuentes. El más escandaloso fue la disolución de la Unión Soviética, de la cual surgieron 20 nuevos estados.
Antes, como resultado de la Primera Guerra Mundial, desaparecieron los imperios otomano, austro-húngaro, y ruso, y se formaron la Turquía moderna, Yugoslavia, Checoslovaquia, y la propia Unión Soviética. Mediante tres particiones Polonia fue borrada del mapa durante 125 años.
Otra anomalía de consecuencias catastróficas fue la partición de Palestina (1947), y la creación del Estado de Israel (1948) Menos conocida es la creación de Liberia, un invento estadounidense realizado en 1816 por la Sociedad Norteamericana de Colonización, en virtud del cual se creó un país para reinstalar en África a los negros llevados a Estados Unidos como esclavos.
Irak como muchas otras ex colonias de Asia, África, y América Latina son naciones-estados construidas bajo los auspicios de las potencias europeas, que en dos ocasiones se repartieron el mundo.
Constituido en lo que fue la Mesopotamia bíblica, Irak figura en la historia desde antes que Jesucristo. En el siglo XIX fue sometido por el Imperio Otomano, desplazado por Gran Bretaña que en 1914 invadió y controló completamente la región en la cual auspició la creación el estado de Irak, en realidad un protectorado británico en territorios, hasta hoy disputados por árabes y kurdos.
Durante la II Guerra Mundial, Gran Bretaña retomó el control de Irak, que a lo largo de la Guerra Fría fue objeto de la pugna entre las compañías petroleras, las corrientes del Islam, y sobre todo, de las superpotencias rivales, que manipularon a las fuerzas políticas internas, especialmente a los kurdos y musulmanes en función de sus objetivos geopolíticos. La confrontación con Israel contribuyó a una unidad árabe que no soportó la prueba del tiempo.
En 1979 Saddam Hussein asumió el poder en Irak, que detentaría hasta la invasión norteamericana en el 2003. Durante su desempeño se caracterizó por inconsecuencias, sinuosas maniobras políticas, y el autoritarismo, lo que condujo a la guerra con Irán y a la anexión de Kuwait, la cual provocó la invasión de una coalición liderada por Estados Unidos que, con argumentos falsos, invadió nuevamente el país, derrocó a Hussein, y lo ocupó durante 10 años.
No conforme con destituir y ejecutar a Hussein, Estados Unidos destruyó a las fuerzas armadas, los servicios de seguridad, y la policía, ilegalizó el partido Bass, alentó el separatismo kurdo, y las rivalidades confesionales, creando un caos que, a su retirada, dio lugar al surgimiento de un Califato Islámico, que ahora está obligado a detener sin saber exactamente cómo hacerlo.
Las próximas semanas serán decisivas, aunque para el Irak conocido, la cuenta regresiva parece haber comenzado. Allá nos vemos.