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lunes, 8 de septiembre de 2014

Acerca de la burocracia

burocraciaPor: Rolando López del Amo

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, la palabra española burocracia viene del francés bureaucratie. Bureau, en español buró, es por definición,

“Mueble para escribir, a manera de cómoda, que tiene una parte más alta que el tablero, provista frecuentemente de cajones o casillas. Se cierra levantando el tablero o, si este es fijo, mediante una cubierta de tablillas paralelas articuladas”, pero, actualmente, al menos en Cuba, llamamos buró a una mesa para escribir que tiene gavetas para guardar documentos. En la tradición del movimiento comunista, dice el Diccionario de la Academia sin explicar por qué, se emplea la palabra buró para indicar un órgano de dirección colegiado, aunque seguramente se emplea como sinónimo de mesa, una de cuyas acepciones, la segunda, dice: “ En las asambleas políticas, colegios electorales y otras corporaciones, conjunto de personas que las dirigen con diferentes cargos, como los de presidente, secretario, etc.”

Además de buró, el otro elemento que forma la palabra que analizamos es cracia, que tiene raíz griega que significa fuerza y se emplea como sinónimo de poder. Democracia es, todos lo sabemos, el poder o gobierno del pueblo (demos en griego). Siguiendo este razonamiento, burocracia sería el poder o el gobierno de los que trabajan en un buró, una imagen del funcionario. El Diccionario de la Academia da estas cuatro acepciones:

1. f. Organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios.

2. f. Conjunto de los servidores públicos.

3. f. Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos.

4. f. Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas.

La primera sería la burocracia óptima, la del buen servicio que deben prestar los mencionados en la segunda acepción. Ya la tercera definición nos acerca a los peligros de la burocracia en relación con el ejercicio del poder. Y la última es ya la corrupción de la práctica del funcionariado que se siente dueño del poder y se considera, en lugar de un servidor público, alguien a quien el público debe servir.

La burocracia es parte del poder establecido en cualquier área de la vida en sociedad. Como es una institución antigua, tiene su tradición, su estilo que se transmite de una generación a otra. En la China imperial existía la institución de los mandarines, los funcionarios públicos que debían ganarse sus puestos mediante estudio y exámenes. En lenguaje contemporáneo diríamos que eran los “cuadros” del Emperador para la administración del imperio desde la base.

El gobierno colonial español en Cuba nos legó todo un estilo burocrático complicado, de prosapia feudal. Vale recordar que los cargos públicos eran muy apetecidos por los emigrantes españoles que venían en busca de fortuna. El cubano Ramón Meza nos dejó un cuadro muy vívido sobre el tema en su novela “Mi tío el empleado”, muy elogiada por José Martí. Después, durante la segunda intervención militar norteamericana en Cuba, esta vez ya en la república neocolonial (1906) y a solicitud del Presidente Tomás Estrada Palma, el Gobernador designado, Charles Magoon, introdujo en la administración pública algo que se llamó, popularmente, “la botella”. Ella consistía en nombrar a una persona para una plaza o cargo no existente más que en el papel y pagarle un sueldo por no hacer nada. Esa práctica quedó establecida como manejo de los políticos para favorecer a sus secuaces. El primero de enero de 1959 fue abolida.

Frente a esa herencia, la revolución triunfante, por insistencia de su máximo líder, se planteaba un enfrentamiento constante al burocratismo. El Che repetía que se podía meter la pata, equivocarse, pero no la mano, robar. Había un duro combate contra las prácticas corruptas y se procuraba el más estrecho vínculo de los dirigentes revolucionarios con el pueblo. El propio Partido Comunista se fue construyendo siguiendo una línea de consulta con las masas. Los candidatos a miembros del Partido eran propuestos en asambleas de trabajadores por sus compañeros y pasaban a formar, si estaban de acuerdo, la “cantera”, los grupos de los que en un proceso de profundización posterior, podrían ser seleccionados como militantes del Partido.

A finales de los años sesenta el entonces Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, Comandante Fidel Castro, se reunía tarde en la noche, informalmente, con los estudiantes de la Universidad de La Habana en la plaza próxima al rectorado y allí intercambiaba criterios. Todavía en la década de los ochenta Fidel daba la alarma y pedía combatir errores y tendencias negativas. En los peores momentos del período especial Fidel seguía empeñado en la preocupación por los efectos de la burocracia y trataba de multiplicarse, si se quiere obsesivamente, para estar presente en todas partes encabezando las múltiples y dificilísimas batallas que los acontecimientos imponían.

Sin embargo, pese a todos esos esfuerzos y la autoridad histórica de su persona, la burocracia siempre encontró el modo de resistir y reproducirse, hasta el punto en que en el 2005, el propio Fidel planteó en un discurso en el Aula Magna de la Universidad de La Habana la posibilidad de que la revolución se autoliquidara, tal como le ocurrió a la Unión Soviética 73 años después de su victoria.

Si Abraham Lincoln, el hombre que condujo a los EEUU a la eliminación de la esclavitud decía que la democracia era el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y Fidel decía que nuestra revolución era de los humildes, por los humildes y para los humildes, la burocracia piensa que la sociedad es de la burocracia, por la burocracia y para la burocracia. Alerta máxima, porque los burócratas siempre encontrarán la excusa para complicar las cosas de espaldas al ciudadano y en su provecho.

José Martí advertía: “…La vida burocrática tenémosla por peligro y azote”(1-479)

“!Allí (en la república que se quería alcanzar con la independencia NB) veremos porque sean quienes deban, y los mejores, los que ocupen los puestos de servicio, y porque el mérito se los asegure en vez del favor, y no entre en la sangre de la república la peste de los burócratas!” (5-405)

Sin una lucha permanente contra el pensamiento burocrático, su estilo y sus imposiciones, será difícil alcanzar la sociedad con todos y para el bien de todos a la que aspiramos. Y esa es tarea primordial del Partido y de la Juventud Comunista, de los sindicatos y las organizaciones sociales y de masas, del pueblo organizado y de sus representantes en las diferentes instancias de poder.

Recordemos una vez más a Martí: “La garantía de las repúblicas está en la cantidad numerosa de voluntades que entran en su gobierno” (14-59) “Si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república” (6-21)