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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Un unicornio azul por los barrios de la capital

Silvio Rodr%C3%ADguez%5B1%5DPor: Rolando López del Amo

Los hombres .que produjeron en Europa la luminosa era llamada Renacimiento, consideraban que la misión del arte era enseñar deleitando. Eso implica instruir de manera agradable, darle placer, a través de los sentidos, a lo que llamamos alma o espíritu, a la inteligencia que nos hace humanos.

José Martí, siempre referencia obligada para los cubanos, decía que “el arte sumo…es el que sabe sacar el alma de las cosas, producir con el detalle la emoción de la armonía, inundar las entrañas de deleite” (15-438) Porque “¿Qué es el arte, sino el modo más corto de llegar al triunfo de la verdad, y de ponerla a la vez, de manera que perdure y centellee en las mentes y en los corazones?” (13-395)

Y ese llegar a los corazones con la verdad dicha en el lenguaje del arte es lo que ha hecho Silvio Rodríguez durante casi medio siglo. No ha sido su caso el de la notoriedad pasajera, sino de permanencia en generaciones sucesivas. Y es que Silvio no se quedó encapsulado en el tiempo pretérito, sino que marcha junto a él sin abandonar la difícil posición de la vanguardia. Él ha logrado ser el hombre de su pueblo y de su tiempo, expresión de las esencias de la nación cubana. Y eso es lo que explica su poder de convocatoria popular dentro y fuera de Cuba. Silvio no es una veleta que se mueve según los vientos de moda. El tiene su propio modo de crear y de ser.

Pero hay algo que va más allá del talento artístico: la condición humana, el compromiso con los más elevados sueños de los hombres y su lealtad a ellos. Y una sensibilidad solidaria de honda raíz martiana, dispuesta a echar su suerte con los pobres de la tierra.

Sin esa sensibilidad, el joven Silvio no hubiera optado por la revolución cubana que triunfó en enero de 1959, o se habría embarcado, como uno más de la tripulación, con los pescadores del “Playa Girón”. Pero el Silvio maduro rompió esquemas y fue con su arte y algunos amigos a llevar consuelo y esperanza a los que por sus conductas lesivas a la sociedad en que viven fueron sancionados a la reclusión de las prisiones. Se podría pensar que hay un dejo quijotesco en eso, pero es más, es la esencia humanista misma que anima nuestra revolución, que apuesta por la posibilidad de la rehabilitación de los que erraron, aunque se tenga que aplicar toda la severidad que se requiera para defender a los ciudadanos.

Ahora encontramos a Silvio, con otros amigos, ofreciendo conciertos en los barrios, en aquellos más humildes en que vive el pueblo trabajador. A propósito, la Editorial José Martí ha publicado un interesante libro testimonio de esos conciertos que comenzaron un mes de septiembre hace ya cuatro años. El título del libro es Por todo espacio, por este tiempo.

Sus autores son dos jóvenes: la periodista Mónica Rivero Cabrera y el graduado en medios audiovisuales del Instituto Superior de Arte, Alejandro Ramírez Anderson. Con textos breves y abundantes fotos a todo color, el libro da una imagen del pueblo al que van dirigido los conciertos y su relación con el concertista.

Fernando Martínez Heredia es el autor del prólogo. En él escribe que Silvio les lleva “regalos maravillosos a esas comunidades tan necesitadas y desvalidas…pero esos dones no vienen para resolver sus carencias materiales. Son aportes a su espíritu, a lo que tiene de superior todo ser humano, a la autoestima, a la alegría y el placer, a la cohesión de los vecinos y la pacificación de la existencia” Como confirmación de lo dicho por Fernando,

en uno de los carteles de un barrio visitado se podía leer: “Gracias, Silvio, por enseñarnos a buscar nuestro unicornio azul y que juntos con amor podamos transformar en milagro el barro”.

Y es que Silvio es, por encima de todo, un poeta. Y por Martí sabemos que “las manos de los poetas cierran siempre las heridas que abre la ira de los hombres. Por eso en poesía no puede cantarse el odio, ni más ira que aquella sagrada de la indignación, que es una virtud y engendra otras. De que los poetas sean oídos, y se acerquen, y trabajen a la par, vendrá la paz humana”. (8-172)