Por: Jorge Gómez Barata
Cualquiera que haya entrado en contacto con México y con sus avanzadas civilizaciones precolombinas, conozca las realizaciones de sus hijos en todas las ramas del saber, la laboriosidad de su pueblo y las tradiciones de sus luchadores por las causas populares, no pudiera creer lo que hoy ocurre. Quien haya admirado los entornos urbanos mexicanos, la industria y el impresionante crecimiento económico, queda atónito ante el primitivismo y la incivilidad exhibida en en estos tiempos.
Es difícil creer que la violencia haya alcanzado en tierra azteca la desmesura a que la han llevado los malos gobiernos, la corrupción, el crimen organizado, el tráfico de drogas, de personas y de armas, el caciquismo y otras manifestaciones delictivas de alto estándar que caracterizan al México de nuestros días, el mismo que alguna vez fue llamado: “Hermano mayor latinoamericano”.
Es difícil identificar al México que admiran millones de personas de todo el mundo, que aprecian sus bellezas naturales, sus realizaciones artísticas y culturales, su gastronomía y con gusto se adentran en la obra de sus pintores, literatos, escultores y cineastas, con el entorno miserable de violencia asesina, enterramientos clandestinos en fosas comunes, secuestros e ilegalidad generalizada.
Ante la evidencia de un abismal desfase entre la historia, el desarrollo económico, la obra cultural y las profundas deficiencias del sistema político, es obligado asumir que el Estado y el poder en México están requeridos de una revisión estructural.
Por su dispersión, ineficacia y postración, por la incapacidad para gobernar a todo el país y neutralizar a sus fuerzas malignas, el Estado mexicano recuerda épocas feudales cuando los reyes europeos, rodeados de pompas, cortesanos y formalidades, eran en realidad rehenes de caciques locales, dueños de vidas y haciendas que en ducados, condados y principados, imponían su voluntad y su ley. La inacción del presidente, muchos gobernadores y del sistema judicial es patética.
Quienes queremos creer en la capacidad de la sociedad mexicana para sobrevivir a la más trágica coyuntura de su historia, nos encontramos con la paradoja de que los elementos reguladores del sistema democrático y los instrumentos para proveer los cambios políticos que el país necesita para trascender la crisis, han perdido allí efectividad.
Un país donde durante 100 años el sistema electoral no ha dejado de funcionar, son contadas las elecciones presidenciales limpias y que hayan llevado al poder a un gobernante probo y centrado en sus obligaciones para con el pueblo y las instituciones.
Obviando etapas anteriores y el período de Porfirio Díaz, en más de 80 años, transcurridos desde que en 1929 se denunció el fraude electoral que, según se afirmó, despojó del triunfo a José Vasconcelos, se han registrado no menos de media docena de elecciones presidenciales fraudulentas que han llevado al poder a otros tantos mandatarios ilegítimos, que lejos de actuar sobre las imperfecciones del sistema las han agudizado.
Ello explica por qué los más recientes fraudes electorales figuren entre los más escandalosos de la historia política mexicana. Los mandatarios electos de modo sucio, en lugar de con el pueblo y sus instituciones legítimas, están comprometidos con las capillas y las maquinarias a las que deben su elección, incluso con los delincuentes que contribuyeron a ello.
En 1994 la violencia asociada a la corrupción electoral pareció haber alcanzado un climax cuando el candidato Luis Donaldo Colosio, esta vez presuntamente por pugnas internas dentro de su propio partido, fue asesinado. No parecen carecer de argumentos quienes afirman que en más de 70 años el PRI no se sometió a los riesgos de una lección limpia.
En cada caso, las estructuras políticas mexicanas han elevado su protesta aunque, en lugar de promover alguna solución, el clima de ilegalidad y los atentados a la democracia se han intensificado y cada elección es más truculenta que la anterior.
Las actuales manifestaciones de ira popular y el rechazo generalizado de la sociedad a la clase política, como las anteriores, sirve para exponer el mal y sus raíces pero no proveen una solución que sólo puede venir de una toma de conciencia popular mayoritaria que, en todos los niveles de la estructura estatal, castigue a corruptos y sospechosos y mediante el voto responsable, promueva nuevos liderazgos con capacidad y determinación para enfrentar a quienes amenazan con convertir a México en un proyecto fallido.
Esos mexicanos existen, deben ser identificados y entronizados. Allá nos vemos.
lunes, 24 de noviembre de 2014
Paradoja Mexicana
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