Por: Jorge Gómez Barata
Fernando
Martínez Heredia una de las voces más calificadas, respetadas, y comprometidas
de la intelectualidad política cubana ha escrito: “No utilizamos la noción de
gobernabilidad, porque no tiene nada que ver con nuestras realidades, problemas,
concepciones sociales y proyectos…”
La
identidad entre gobierno y sociedad ha sido uno de los estandartes de la
Revolución, por ello, tiene razón el pensador y no sólo respecto a este
concepto, sino prácticamente a toda la terminología económica, política, y
sociológica utilizada en los organismos internacionales, la academia, y la
opinión pública occidental.
Del
mismo modo que el término gobernabilidad no aplica a la realidad cubana, tampoco
lo hace el de “pobreza”. De hecho años atrás una agencia de la ONU certificó
que: “En Cuba no hay pobres”, y Silvio Rodríguez, el más importante compositor
cubano que con vocación misionera se dedica a ir barrio por barrio cantando a
los más desfavorecidos, ha comentado: “En los 65 barrios “jodidos” de Cuba en
los que he actuado, aún no he visto a un sólo niño sin escuela, zapatos, o
asistencia médica…”
El
trovador pudo agregar muchas etcéteras: Ninguno pasa hambre, todos están
vacunados, casi no tienen caries dentales, y muchas cosas más. Tiene razón la
ONU: ¡No hay pobreza en Cuba!
Tampoco,
según los criterios de la ONU y los que predominan en la cultura política
occidental, hay en Cuba democracia. Ningún cubano menor de 70 años ha votado
nunca por un presidente ni por un alcalde, los poderes no están separados, ni
existe prensa privada. Sin embargo, hasta ahora nada de eso era relevante. La
Revolución cubría las carencias.
A
juicio de la inmensa mayoría de los cubanos, quienes se han desempeñado como
presidentes y alcaldes surgieron del proceso revolucionario, después de
elecciones tan aceptables e imperfectas como las de cualquier país, y han
cumplido honrosa y diligentemente las expectativas de las mayorías. En la
Revolución las formalidades carecen de relevancia.
Cuba,
que no se rige por los códigos utilizados en los discursos políticos y
sociológicos occidentales, ha llegado sin embargo a la conclusión de que su
modelo económico es inviable, y al derrotar al bloqueo y superar el aislamiento
en que ha vivido durante medio siglo, comienza a integrarse a las estructuras
del mundo en que habita, y para ello deberá cambiar.
La
pregunta del momento es precisamente: ¿Qué debe cambiar y qué debe conservarse?
La decisión corresponde a la vanguardia política cubana, especialmente al
Partido gobernante y al Estado, asistidos por la intelectualidad política
cubana, que debe opinar y ser escuchada.
No me
parece buena idea cambiar etiquetas para, con fines utilitarios, denominar “no
gubernamentales” a las organizaciones de la Revolución, adoptar la nomenclatura
occidental, y ser admitidos en una reunión de la OEA, entidad a la que Cuba no
le interesa pertenecer.
Muchos
cubanos que nunca habían oído hablar en esos términos, acaban de enterarse que
las megaestructuras verticales, centralizadas, en las que militaron, y que desde
siempre formaron la columna vertebral del aparato de poder revolucionario en
Cuba, como la Central de Trabajadores, los Comités de Defensa de la Revolución,
la Federación de Mujeres Cubanas, y la Asociación de Agricultores Pequeños,
entre otras, son Organizaciones no Gubernamentales (ONG) de la “sociedad civil”.
Parece
una broma. La sorpresa proviene no de la ignorancia, sino de la novedad: en Cuba
jamás se utilizó esa terminología, entre otras cosas porque nunca se reconoció
su validez ni su pertinencia.
Aunque
puede haber excepciones, en su actual perfil, el sistema, las relaciones, y los
intereses creados en todo el mundo en torno a las ONG, su membresía, su accionar
y sus mecanismos de financiamiento, tienen más defectos que virtudes, son más un
instrumento de la derecha que de la izquierda. Tal vez, someterse a ese dictad,
no sea para Cuba una buena propuesta. La Revolución debe crear no imitar. Allá
nos vemos.
