Por: Jorge GómezBarata
Habría que ser políticamente miope o excesivamente
apasionado para no percatarse de que el proceso político brasileño resbala por
un plano inclinado, que puede conducirlo a un retroceso estratégico. Una
tendencia así favorece la contraofensiva conservadora en América Latina. Mirar
para otro lado y no advertir los peligros causa más daño que beneficio.
No es que como
afirmó Henry Kissinger: “Hacia donde se incline Brasil se inclinará América
Latina…” sino que por su condición de primera economía latinoamericana y por su
desempeño político liderado por el Partido del Trabajo y Luiz Inacio Lula da
Silva, el gigante sudamericano devino referente e inspiración para el
movimiento popular y la izquierda regional.
Las alarmas se dispararon con el difícil triunfo de Dilma Rousseff que aunque electa,
fue retada por candidatos de diversos perfiles, se subrayó por las
manifestaciones de masas que pasaron de la crítica a la oposición y se ha
agravado al sumarse evidencias de corrupción que, aunque encuentran en
PETROBRAS un claro referente, abarcan también al PT y a elementos del gobierno.
Se trata de una historia recurrente asociada a los emporios
económicos estatales y paraestatales que manejan enormes recursos económicos,
sobre todo dinero, influyen decisivamente en las políticas económicas y por esa
vía, en todas las políticas de los gobiernos concernidos. Brasil no es una
excepción sino parte de una regla a la que prácticamente ningún país
latinoamericano escapa.
Como si PETROBRAS fuera poco, se han detectados graves
hechos de corrupción que involucran a otros entes emblemáticos, entre ellos las
constructoras Odebretch y Andrade Gutierrez, las dos mayores de Brasil y entre
las mas importantes del mundo con operaciones en más de una docena de países,
incluido Estados Unidos, cuyos
directivos, han sido arrestados junto con otro medio centenar de “pejes
gordos”.
Además de brillantes empresarios, Odebretch y Acevedo, hoy
encarcelados, eran emblemas del esfuerzo
desarrollista de Brasil, parte del activo político del PT, socios económicos
del gobierno y allegados a Lula y Dilma. Según se afirma, Emilio Odebretch,
fundador de la empresa y padre del detenido, declaró: “… Si apresan a Marcelo, tendrán que
construir tres celdas: una para mí, otra para Lula y la otra para Dilma…Mi hijo
no va a caer solo”.
Aunque Lula había
advertido de síntomas negativos al interior de sus gobiernos y del Partido del
Trabajo, las evidencias lo han llevado a reconocer que: “…El PT está viejo…Perdió parte de su utopía. Sus
militantes solo piensan en cargos…Tenemos que definir si queremos salvar
nuestra piel o nuestro proyecto…”
Sería erróneo creer que
se trata solo de Brasil. De muchas maneras, en diferentes momentos, el mal se
presenta allí donde los movimientos, partidos y líderes de izquierda, asumen
los costos que implica gobernar y las inevitables alianzas, sin las cuales el
modelo propuesto, difícilmente pueda avanzar.
Tal vez las vanguardias políticas encuentren el modo de enmendar errores,
relanzar sus proyectos respectivos y realizar de modo gradual las transformaciones estructurales
necesarias, especialmente el perfeccionamiento de las instituciones
democráticas, imprescindibles para el buen gobierno.
En realidad no se trata del fin del “milagro brasileño”. Milagro hubiera sido que la corrupción no
hiciera peligrar a la “gallina de los huevos de oro”. Allá nos vemos.
