Por: Jorge GómezBarata
Si fuera cierto que Estados Unidos depone su hostilidad
extrema y cesa de ser enemigo para transformarse en vecino, Cuba dejará de ser
una plaza sitiada y la caldera perderá presión. Los cambios externos tendrán
efectos en múltiples esferas internas, entre ellas la economía, la política y
la actividad social en general.
Debido a una turbulenta historia común y a medio siglo de
confrontación, el fomento de los intercambios y la colaboración que acompañan
la normalización entre Estados Unidos y Cuba no será un proceso automático ni
fácil, y ya encuentra oposición y resistencia, que abierta o sutil, es
enconada.
No obstante seguramente prevalecerá la actitud
constructiva de los sectores avanzados de la política, la academia, la ciencia,
las artes, las letras, los negocios y la sociedad civil de ambos países que, en
concordancia con los espacios y las opciones que cada sociedad ofrezca,
aprovecharán las potencialidades creadas.
Una situación distendida permitirá profundizar el
conocimiento mutuo, recuperar antiguos vínculos, fomentar otros, en otros
plazos, contribuirá a que, paulatinamente
pierdan vigencia estereotipos instalados en los ambientes políticos,
culturales, sociales, empresariales, mediáticos y todo tipo, de Estados Unidos
y Cuba.
En esos contextos, seguramente no faltarán elementos e
instituciones, entre ellas los servicios especiales que traten de aprovechar
los ambientes más relajados, la reducción de los controles y el fin de algunas
prohibiciones y las relaciones pueblo a pueblo para fines mezquinos.
Al margen de como tales procesos se operen en los Estados
Unidos, en Cuba, una sociedad más pequeña en la cual la confrontación y el
asilamiento deja huellas más profundas la distensión puesta en marcha por los
presidentes Raúl Castro y Barack Obama, favorecerá los cambios de mentalidad
que a la larga descontinuaran criterios que asumieron la crítica y la
autocrítica asociada a procesos internos como posiciones que podían
proporcionar argumentos al enemigo.
Con más o menos razón, a partir de esos conceptos se
asumió que procesos culturales, comerciales, editoriales, espectáculos, aumento
de los viajes y el acceso a tecnologías de comunicación y fenómenos análogos,
constituían formas de penetración cultural que dañaban ideológicamente a los
cubanos, socavaban sus ideas políticas y los debilitan ideológicamente.
Por extraño que resulte todavía hay quienes creen que el
aislamiento y la censura, pueden favorecer la cohesión social y política y
promover virtudes ciudadanas cuando en realidad dan lugar a la ignorancia y son
formas culturales de exclusión y discriminación que perjudican el desarrollo
intelectual y cultural.
La apertura de los intercambios y el acceso a fuentes de
información diversificadas beneficiará
particularmente a las personas con mayor instrucción y cultura,
formación política y responsabilidades de dirección política social y
empresarial, contribuyendo a la renovación y la innovación en diferentes
ámbitos, incluidos las ciencias, la tecnología y las disciplinas sociales.
La idea de que el mundo se abra a Cuba y Cuba al mundo
tiene un alcance y un significado que rebasa con creces los ámbitos económico y
comerciales y trasciende el presente para proyectarse al porvenir.
Los primeros pasos están dados, el resto dependen de las
estrategias, de los propósitos, del tiempo y de la comprensión y el apoyo de
las vanguardias y los sectores avanzados de cada país. Allá nos vemos.
