Por: Raúl Alejandro del Pino Salfrán
Hasta hace unas pocas semanas la Televisión Cubana exhibió una serie de excelente factura bajo el título de “Juego de Tronos”. Una producción norteamericana de ficción donde varias familias nobles de la Europa medieval luchan por la corona de un reino que le hace algunos guiños, tanto geográfica como políticamente, a la Gran Bretaña de esa época.
En los tiempos actuales, numerosos medios de comunicación en todo el mundo le brindan una exhaustiva cobertura a otro tipo de programa, basado en la realidad, pero con los mismos elementos del espectáculo “hollywoodense” que luce la mencionada secuencia.
Un “reality show” que cada cuatro años estrena una nueva temporada y en donde los protagonistas se disputan el cargo político más poderoso de la vida real.
Precisamente, todo el proceso eleccionario de los Estados Unidos bien pudiera llamarse de la misma forma que el exitoso serial televiso, porque en su esencia no es más que otra batalla entre los dos grandes grupos de poder de ese país por agenciarse el título gubernamental de más importancia en el planeta.
A diferencia de lo que usted pudiera pensar, el contraste más marcado entre la historia de ficción y la real no está en el vestuario o las armas de combate, sino en el carácter y las mañas que emplean los aspirantes al trono.
En la época medieval, aunque también se jugaba sucio, primaba el honor y lealtad por sobre todas las cosas; sin embargo, en el show norteamericano las “estrellas” utilizan todo tipos de artificios para ganarse la simpatía de los electores, sin importar cuán absurdas, imposibles o hipócritas puedan ser las promesas formuladas para ganar votos.
Pero como mismo ya terminó la más reciente temporada de “Juego de Tronos”, las elecciones presidenciales en los Estados Unidos llegarán a su fin el próximo martes 6 de noviembre, y para ello ya entraron en su recta final desde principios de este mes cuando las convenciones nacionales de ambos partidos nominaron oficialmente a sus candidatos a las urnas.
Para Mitt Rommey, republicano liberal a los ojos de la parte más conservadora de su propio gremio, el camino hasta Washington se ha puesto un tanto cuesta arriba en los últimas jornadas.
Sucede que apenas unos días antes de sostener una intervención televisiva para la comunidad hispana en Miami, salió a la luz pública un video donde el ex-gobernador del estado de Massachusetts desprecia a una parte de la sociedad entre la que se encuentran varios millones de ese sector, sin duda valiosísimo en sus pretensiones de triunfar en los comicios de un territorio tan decisivo como Florida.
Con estos truenos, el presidente Barack Obama, contendiente por la parte demócrata, podrá respirar relajado por algún tiempo, pues las más recientes encuestas le dan una tranquilizante ventaja que no tenía desde principios de julio pasado.
El actual inquilino de la Casa Blanca ahora podrá dedicarle un poco más de atención a sus funciones como mandatario, aunque siempre concentrado en la reelección como su principal propósito.
Es por eso que las elecciones en Estados Unidos son un “reality show” espectacular. No importa que salga un álbum inédito de Michael Jackson o si se juega la final de las Grandes Ligas de béisbol.
Siempre y con más fuerza cada año bisiesto, los sentidos de toda una nación –y del mundo- se concentran en dos figuras, idolatradas o demonizadas por los grandes consorcios de la prensa de acuerdo a sus intereses políticos.
Ahora mismo, y a sabiendas de que Obama no va a resolver los problemas de su país y mucho menos los del planeta, lo prefiero a él que a Rommey. ¿Por qué?
Pues porque este último pertenece a la clase del 1% en Estados Unidos, la de los millonarios, y sus intereses presidenciales jamás van a mirar con fuerza a los sectores más desprotegidos de esa sociedad, algo que el actual presidente al menos ha intentado hacer.
Pero no se ilusione mucho si piensa que alguno de los dos va a mejorar las relaciones con Cuba.
Aunque se conoce que los republicanos siempre han sido más radicales con sus planes para “liberarnos” y esas otras “busherías”, la administración de Obama con todo y su política del “nuevo comienzo”, ha apoyado a la subversión y a la “disidencia” cubana en cuatros años de mandato con el doble del dinero que W. Bush puso en ocho.
Así que, como dice el periodista Reinaldo Taladrid en su programa Pasaje a lo desconocido, “saque usted sus propias conclusiones”.
Lo cierto es que a los Estados Unidos le queda poco más de un mes de espectáculo, de convincentes actuaciones, de capítulos de alto nivel histriónico, donde cada adversario intentará demostrar lo bueno que realmente es y que con él al mando sí se puede enderezar ese país.
Ese país que cada año hunde más a la humanidad con sus guerras, con sus crisis y con sus juegos de tronos.