Un jesuita argentino en el Vaticano es equivalente a un afroamericano en la Casa Blanca y a un descendiente de húngaros en el Elíseo. En el mundo global cada vez importa menos donde nacen o viven las personas, fenómeno que aplica a los funcionarios internacionales, incluyendo el papa. Quienes reclamaban innovaciones a la Iglesia están servidos: un papa renunció, el sucesor es latinoamericano y pertenece a la Compañía de Jesús.
Descontando a masones y comunistas, no existe ninguna corporación social tan atacada e incomprendida como los jesuitas, eje de grandes contradicciones dentro y fuera de la Iglesia. En 1540 el papa Pablo III confirmó la Compañía de Jesús, otro Gregorio XV, en 1622 canonizó a su fundador Íñigo de Óñez y Loyola mientras que 1773 un pontífice, Clemente XIV presionado por los poderes temporales europeos, ordenó su disolución hasta que en 1814 Pio VIII decretó su restauración devolviéndole deberes y honores.
Tal vez por la sumisión al papa y su actitud favorable a la ilustración, los jesuitas fueron antipáticos a la realeza y a los monarcas europeos quienes los expulsaron de sus dominios: Portugal 1759, Francia 1762, España y sus colonias en 1767. Readmitidos, todavía en los siglos XIX y XX se registraron nuevas expulsiones de varios países.
En sus primeros 150 años de existencia, la Compañía de Jesús fundó y administró más de 500 centros de estudios superiores en Europa, más de 20 universidades y unos 200 seminarios y lugares de retiro y estudios para sus miembros. Esa labor misionera y educativa se extendió al Nuevo Mundo y Asia donde, además de a los retoños de la nobleza y de las autoridades coloniales, abarcó a sectores pobres. Luis Buñuel, Charles de Gaulle, Andrzej Wajda y Fidel Castro estuvieron entre sus discípulos.
Por otra parte, la elección evidencia que el Colegio de Cardenales tomó nota de que América Latina, hogar de unos 500 millones de católicos y única región del mundo sin guerras, armas nucleares, crisis ni fundamentalismos, donde el socialismo es una opción para las mayorías, la salud de los gobernantes preocupa a los pueblos y su muerte los conmueve, es el lugar del momento.
Aunque comparto el regocijo de los latinoamericanos porque uno de los nuestros ascienda al trono de San Pedro, me parece más significativo para la iglesia, la cultura y la humanidad que sea jesuita. Elegir un latinoamericano es una concesión al número, lo segundo una rectificación que puede ser una opción por el cambio.
Tal vez para introducir otra innovación, el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, adoptó el nombre de Francisco I, en homenaje a un recordado monje italiano originalmente noble, bohemio y rico que por optar por los pobres fue desheredado; fundador de tres órdenes religiosas San Francisco murió en la pobreza extrema y en medio de terribles sufrimientos.
Se trata de señales que pudieran resultar positivas al indicar que, en su camino de necesarias renovaciones, la Iglesia católica apuesta por el Nuevo Mundo, la ilustración y la lucha contra la pobreza. Ojalá el papa se sume a la corriente latinoamericana y añada motivos de esperanza. Allá nos vemos.