Veinte años después de las crisis que condujeron al fin del sistema político instaurado en la Unión Soviética y Europa Oriental, ninguna de sus características resulta más chocante e inexplicable que la incapacidad, sostenida durante más de medio siglo en una decena de países, para desandar lo andado, rectificar políticas, reaccionar ante situaciones comprometidas, modificar cursos inviables y anular decisiones erróneas.
Aunque se expresaron en todas las áreas de la actividad social; esas características negativas fueron más evidentes y costosas en la economía y la política. La paradoja es tanto más significativa porque al ser un proyecto de sociedad nueva, realizado conscientemente, el socialismo tenía posibilidades para rectificar. No ocurrió así.
El dogmatismo, la inflexibilidad y renuencia de los círculos gobernantes soviéticos, para a la luz de procesos y necesidades reales introducir reformas, dieron al traste con el proyecto político más audaz que jamás haya sido concebido. Es falso que el socialismo estuviera condenado. De haber reaccionado a tiempo y con determinación el sistema soviético podía haber sobrevivido como ocurrió en China y otros países.
A estas alturas es imposible determinar hasta donde Lenin hubiera avanzado con las reformas económicas propuestas durante la implantación de la Nueva Política Económica (NEP); tampoco se puede saber cuáles eran las verdaderas intenciones de León Trotski cuando intentó democratizar el proceso y llegó a estructurar una “oposición obrera”.
Se trata de momentos históricos que hoy parecen oportunidades desaprovechadas para reflexionar sobre la “construcción del socialismo”, realizar las reformas pertinentes e introducir correcciones al rumbo que pudieron cambiar la historia.
En 1953 murió Stalin y en febrero de 1956 el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, sin ninguna influencia externa sometió a quien había sido su líder durante 30 años a la más severa crítica que un gobernante socialista haya soportado. Sin embargo, ello no dio lugar a una rectificación profunda, no condujo a la democratización de la sociedad, ni las instituciones desempeñaron un papel más relevante.
En el plano internacional el llamado deshielo fue una suma de inconsecuencias que revelaron la incapacidad de la dirección soviética para percibir las alertas que significaron los sucesos de junio de 1956 en Polonia y la rebelión en Hungría que en octubre del propio año fue contenida con la intervención y ocupación militar, decisiones que obviamente no pueden ser atribuidas a Stalin. La receta aplicada a Checoslovaquia en 1968 fue igualmente errónea. En lugar de una solución la intervención del Pacto de Varsovia profundizó el error.
Si bien el socialismo renovado resurge en América Latina y se sostiene en China y otros países, nadie debe dudar que su supervivencia se relaciona ante todo con su capacidad para la autocrítica, base para la rectificación y la auto renovación. Allá nos vemos.