Continúa el desmontaje del “Estado de bienestar social” tipo Gran Bretaña/ Vale analizar la percepción de Christian Felber sobre “el modelo de economía del bien común”
Un reporte desde La Haya fechado el 17 de Septiembre último, muestra cómo en Holanda camina cuesta abajo el “Estrado de bienestar social”, e ilustra con datos que incluye una apreciación puntual del nuevo rey Guillermo Alejandro, a saber:
“El paso hacia una sociedad participativa es particularmente notable en la seguridad social y en los que necesiten cuidados de larga duración. Es precisamente en esos sectores donde el clásico Estado del bienestar de la segunda mitad del siglo XX ha producido sistemas que en su forma actual ni son sostenibles ni están adaptados a las expectativas de los ciudadanos” —las negritas son mías, para llamar su atención.
También, da cuenta que el monarca ha recordado el endeudamiento de las familias, la delicada situación de los bancos y la necesidad de reducir el déficit; que ha subrayado la idoneidad de “unas reformas que requieren tiempo” y que su país debe ser “un pueblo fuerte y consciente capaz de adaptar los cambios a su vida”; además, el porqué hay que descentralizar: “La gente quiere decidir por sí misma, organizar su vida y cuidar unos de otros”.
Bonitos pronunciamientos de este soberano ─quiero acotar.
A la vez, aquel reporte pregunta y responde:
“¿Cómo se traduce todo ello a pie de calle?
“Parte de los costes de los dependientes y enfermos crónicos, asistencia social y programas de reintegración laboral pasarán a manos municipales. Se trata de mejorar el servicio, pero los ayuntamientos disponen para estas partidas de la mitad del presupuesto estatal. Otro ejemplo son los subsidios para menores de seis años, y a partir de esa edad, que se uniformarán a la baja; el salario de los funcionarios se congela aunque pagaran menos primas sanitarias; el Ejército recortará 2.300 puestos (en 2011 ya se aprobó una reducción de 12.000 militares); el Estado ahorrará 750 millones en medicinas al reducir las pagadas por el seguro; los declarados incapaces para trabajar recibirán menos ayudas extra y todos los ministerios ahorraran, en conjunto, 165 millones de euros, entre otras medidas”.
Infelizmente, el escenario holandés sigue los pasos de la Gran Bretaña cuyo Gobierno actúa vs. Estado de bienestar, pues esa sociedad de la “culta” Europa —otrora orgullosa de su sistema libre mercado-sólida red de prestaciones sociales— actualmente devela un paquete de medidas aprobado por el Gobierno del conservador David Cameron con una rebaja de las ayudas a la vivienda social, a las familias más modestas en el pago de los abultados impuestos municipales o a los ciudadanos sin recursos para costear litigios ante los tribunales, junto a una remodelación de la gestión sanitaria donde primará el estricto control del gasto.
Sin lugar a dudas, menos halagüeño es el pulso de la Madre Patria. El despacho 8 millones de nuevos pobres en España para el 2025, un tercio del total de la UE revela un estudio publicado por Intermón Oxfam que indica asimismo que la pobreza alcanzaría a 146 millones de personas en el continente, es decir, 25 millones más que en la actualidad.
Agrega ese estudio que un especialista ha advertido del crecimiento del fenómeno de la “pobreza activa” en España que es una de las “consecuencias” de la reforma laboral llevada a cabo por el Gobierno el año pasado. Se trata de personas que, a pesar de trabajar, “no reciben la remuneración suficiente para poder vivir”. Por ello, asegura que la “flexibilidad del empleo” que buscaba la reforma del ejecutivo únicamente ha conseguido la creación de empleos precarios “y que quienes trabajan nunca lleguen a salir de la pobreza”.
Pienso, entonces, que la Declaración de la Asamblea de los Movimientos Sociales en el Foro Social Mundial 2013 que se realizó meses atrás en Túnez igualmente debe ser tenido en cuenta por los afectados en las mencionadas naciones y en cualquier latitud similar.
No obstante, considero que las autoridades políticas y la sociedad civil en Holanda, España y más allá bien pudieran detenerse a examinar/poseer en la mirilla la percepción de Christian Felber reflejada en su conversación con la periodista Joseba Elola que consta en “Las empresas deben regirse por criterios de utilidad social” publicada en el mes que corre, precisamente en la Madre Patria.
Debo significar que en esa conversación aparecen dos datos ilustrativos de la gravedad del problema que vive en este minuto el predominio del Neoliberalismo: uno, la diferencia de renta entre ejecutivos mejor pagados y operarios en las empresas ha pasado de una relación de 24 a 1, en 1965, a una de 325 a 1, en 2011; otro, este año, el fundador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, propuso en Davos la limitación de la renta en el factor 20, es decir, que los salarios más altos no sean veinte veces superiores al salario mínimo —postura prácticamente acallada por los medios de comunicación.
Es precisamente en tal contexto que Felber, Profesor de Economía Alternativa de la Universidad de Viena tras varios años de estudiante en Madrid, examina los valores en que se sustenta el sistema capitalista (competitividad, rendimiento, crecimiento, beneficio) y acaricia algunos de los que rigen el comportamiento del ser humano en sociedad (cooperación y solidaridad —ausentes en los mercados).
Con esta base, en la concepción de Felber está el modelo de economía del bien común con la comprensión que limitar la desigualdad podría ser una de las primeras medidas, como se está haciendo en Suiza, pero en el marco de quien se considera un liberal. “Para salvaguardar las libertades hay que poner límites, por motivos liberales. Pero la única libertad que no limitamos es la de la propiedad”, dice.
Así, aparece el mencionado modelo de la economía del bien común en el que tan importante es producir beneficios como respetar el medioambiente, remunerar igual a hombres y mujeres, no explotar a trabajadores/as (¿?), crear empleos… ; al tiempo que las empresas utilizan el balance del bien común como instrumento para evaluar todos esos factores. Lo mismo se aplica con los países: el indicador del producto interior bruto (PIB) es sustituido por el producto del bien común, que mide la calidad de la democracia, la política medioambiental, el justo reparto de los beneficios generados, la igualdad, entre otros factores.
En la concepción de Felber, hay un complemento interesante: los municipios del bien común, que organizan los procesos de participación ciudadana o sea, primero el desarrollo del índice de calidad de vida municipal, para saber cuál es la meta; y segundo las asambleas económicas democráticas, donde la ciudadanía define el orden económico, según sus preferencias, necesidades y valores.
Además, se ofrece a los bancos la alternativa de orientarse al bien común, convirtiéndose en entidades sin ánimo de lucro (¿?), como eran al principio las cajas de ahorros, para que pudieran gozar de ventajas ante el Estado. Si esas organizaciones financieras optan por ser entidades con ánimo de lucro, entonces se les retiran los apoyos del Estado, como, por ejemplo, el apoyo del banco europeo ─es una premisa.
“La ciencia dice que la cooperación nos motiva de forma más fuerte que la competencia; que el ser humano tiene una sensación de justicia innata y la capacidad de compasión, empatía, y el impulso espontáneo de ayudar a otro, incluso los bebés de dos años lo tienen. El hecho de que hoy en día seamos tan egoístas es porque lo aprendemos, no es algo genético” —confiesa Felber.
Con estos presupuestos, al reflexionar sobre el acontecer internacional presente en Holanda, España y más allá, me afinco en la idea de que es pertinente analizar la percepción de Christian Felber sobre el modelo de economía del bien común, todo un atentado vs. el desmontaje del “Estado de bienestar social” —y, por lo menos, sirve para mitigar el predominio del capital.