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viernes, 20 de septiembre de 2013

LA ONU SIN VETO (II)

Barata Por: Jorge Gómez Barata

La actual estructura de la ONU es parte de la zaga de la II Guerra Mundial y algunas de sus prácticas parecen feudales. Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad no sólo tienen derecho al veto sino que son irremplazables y lo que es peor: cualquier reforma tendría que ser aprobada por ellos. Ninguno ha sido ni podrá ser jamás sancionado.

No obstante no debería extrañar que algún día Estados Unidos asumiera la bandera de la “democratización” de la ONU y encabezase la oposición al veto. Cuando eso ocurra la influencia internacional de Rusia y de China se volatilizará. ¿Quién desea eso? ¿A quién le conviene?

Si en lugar de en el Consejo de Seguridad, las decisiones se adoptaran en la Asamblea General, Estados Unidos haría funcionar la mayoría mecánica de que dispone y prevalecería siempre. ¡Levante la mano quien lo quiera!

Hasta donde se conoce en la historia de la ONU el veto ha sido utilizado en alrededor de 260 ocasiones (el número exacto se ignora porque muchas reuniones son a puertas cerradas). De ellas, 59 fueron para bloquear la admisión de nuevos miembros y en otras 43 para impedir la elección de alguna persona como el Secretario General.

Por países el veto fue utilizado en 120 ocasiones por la Unión Soviética (80 de ellas entre 1945 y 1956), en 81 oportunidades por Estados Unidos, 32 por el Reino Unido y 18 por Francia. La República Popular China ha acudido al mismo cinco veces y mientras ocupó el escaño, Taiwán sólo lo utilizó en 1955 para impedir el ingreso de Mongolia.

El veto impidió que la URSS fuera condenada en la ONU por su participación en los sucesos de Hungría y Polonia en 1956, Checoslovaquia 1968 y Afganistán. En 1970, en una resolución sobre la antigua Rodesia, Estados Unidos ejerció por primera vez el derecho al veto y luego lo ha hecho en otras 60 ocasiones, en 40 de ellas para impedir que Israel fuera sancionado y 10 para evitar que, en tiempos del apartheid, lo fuera Sudáfrica.

El veto y su condición de potencia hegemónica protegieron a Estados Unidos de ser emplazado en la ONU por su intervención en Vietnam, por la criminal política hacia Cuba, incluyendo la invasión por bahía de Cochinos, el apoyo a la Sudáfrica del apartheid, las invasiones de República Dominicana, Granada y Panamá, la Guerra Sucia en Centroamérica, las guerras en Irak y Afganistán y los crímenes cometidos en Libia. Tampoco la ONU ha podido pronunciarse respecto a Chechenia y ni al Tíbet.

Aunque con el fin de la Guerra Fría (1990) y la desaparición de los credos filosóficos y de intereses geopolíticos que oponían a algunas de las grandes potencias, podía suponerse una mayor cohesión en el seno de la ONU, no ha sido totalmente así y se ha acudido al veto en unas 30 ocasiones.

El pragmatismo y el cinismo ha conllevado a dos actitudes: la de Estados Unidos que en torno a decisiones relacionadas con conflictos que hacen peligrar la paz mundial ha ignorado a la organización internacional y actuado unilateralmente o con apoyo de la OTAN, la Unión Europea y de foros que como la Liga Árabe y Unión Africana le son cada vez más afines.

Otra táctica, utilizada sobre todo por Rusia y China, es la de dar a conocer las posiciones fuera del Consejo, utilizando un “veto avisado” o “virtual”, impidiendo de ese modo votaciones que harían visibles y probablemente costosas las contradicciones.

Aunque creo que en lo adelante, Rusia y China actuaran en función de sus intereses geopolíticos y no como adalides de las causas de los oprimidos del Tercer Mundo, no me arriesgaría a apostar por eliminar el veto que no es causante de los males del mundo sino consecuencia de ellos.

Aunque sea legítimo y provechoso abogar por la reforma de la ONU, lo que es preciso reformar es el mundo para alcanzar ese otro que se cree posible y en el cual los imperios no sólo no estarán protegidos por veto alguno, sino que habrán dejado de existir. Es otro tema. Allá nos vemos.