Siguenos en Facebook Síguenos en Twitter Siguenos en YouTube Siguenos en Blogger

jueves, 16 de enero de 2014

La escaramuza del coppelia

La escaramuza del coppeliaPor: Gisselle Morales Rodríguez

Se había ido la corriente, como solía suceder una tarde sí y otra quizás desde que la Unión Soviética tuvo a bien desmembrarse y dejarnos dando tumbos a la deriva. Por aquel entonces, sin embargo, nada sabía yo del campo socialista, de la benevolencia del CAME o del poder irreversible de la perestroika; menos aún hubiese podido imaginar que las matriushkas sobre la cómoda de mi cuarto guardaban alguna relación con la mantequilla que comenzaba a desaparecer del refrigerador.

Se había ido la corriente -era todo cuanto me importaba a los siete años-, pero antes de que el murmullo de desconsuelo del barrio terminara de confirmarlo mi madre se había adelantado a la penumbra con esa capacidad tan suya de aclimatarse a las circunstancias, me había bañado y preparado la comida y me tenía lista en la sala del apartamento, esa suerte de palomar al que nunca me adapté porque quedaba tan lejos de mis abuelos que todos convenimos en llamarle “la Siberia”.

De modo que Anita decidió aprovechar lo poco que quedaba de día para retomar el juego del diccionario, una de las tantas escaramuzas didácticas con las que ella y mi padre me entretenían en los apagones y que terminaron por enseñarme capitales de países, reglas ortográficas y canciones de la trova tradicional.

Abrió el Pequeño Larousse Ilustrado que aún me resisto a vender -más por su valor simbólico que por mi solvencia monetaria-, me lo puso delante y comenzó a dictarme palabras que yo iría buscando, con disciplina militante, para demostrarle que conocía al dedillo los misterios del orden alfabético.

Presuntuosa como era a los siete años -es igualmente presuntuoso creer que una ha dejado de serlo-, me apuraba para leer de carretilla las definiciones y mi destreza para encontrar hasta las letras más enrevesadas hubiera sido rotunda si a Anita no se le hubiese ocurrido sentenciarme con un término sin demasiadas complicaciones: Coppelia. (Sabrá Dios qué asociaciones habrá hecho mi madre entre el calor asfixiante de un apagón de agosto y el frío, para ese entonces casi olvidado, de los helados Coppelia).

Busqué en la C, en la K y hasta en la O, por si la estábamos pronunciando mal; supuse que se escribía con una sola P, con dos, con H intermedia, pero nada. A punto ya de rendirme decidí lo que hoy me parece una solución kamikaze: abrí con naturalidad el diccionario, fingí que husmeaba en las columnas de texto y detuve el dedo en un punto con cierta dosis de sobresalto.

“Aquí está -dije, en un alarde de histrionismo que habría envidiado el mismísimo Stanislavski-, aquí está. Coppelia: dícese del kiosco grande para vender helados”.

Anita me creyó, por supuesto, no solo por mi actuación de Gina Cabrera sino porque, como ella misma diría luego, “aquella definición con dícese sonaba a diccionario”.

Ya habíamos pasado a las capitales de países, a las sombras chinescas con el mechón de luz brillante e intentábamos dormir muy a pesar de los mosquitos cuando le conté -porque uno siempre termina sucumbiendo al peso de la conciencia- que mi victoria no era tal, que jamás había encontrado la palabra coppelia y que, por ende, estaba lista para sufrir el escarnio. Pero no me regañó por ese embuste, segura como estaba de que habría de hacerlo muchas otras veces en el futuro.

Desde entonces, tanto ella como yo esgrimimos la escaramuza del coppelia para ilustrar mi debut -precoz, lo reconozco- en las lides de la simulación, toda una carrera de argucias éticamente reprobables que terminan por ser socialmente necesarias.