Por: Jorge Gómez Barata
Como parte de una dialéctica renovadora, en los últimos 20 años, debido al ajuste geopolítico y la conmoción cultural e ideológica derivada del fin del socialismo real y la desaparición de la Unión Soviética, la quiebra del neoliberalismo y el surgimiento de la nueva izquierda latinoamericana, la lucha por el socialismo perdió acentos clasistas y partidistas y adoptó perfiles sociales.
Esa mutación comenzó en Europa con la lucha antifascista que promovió la unidad y propició la alianza de diversas fuerzas políticas, especialmente entre comunistas, socialdemócratas y cristianos que, en muchos casos sobrevivió a la victoria aliada y constituyó la base del establecimiento de las democracias populares en Europa Oriental y de los estados de bienestar en el occidente del continente.
A esas tendencias se sumaron las características unitarias y la propensión a las alianzas propias de las luchas de liberación nacional desplegadas en Asia y África y que en la posguerra condujeron a la descolonización y al surgimiento de decenas de nuevos estados gobernados por frentes y organizaciones políticas populares que trascendieron los enfoques sectarios y partidistas.
La guinda de aquella época que por su carácter, programa y por la forma de llegar al poder mediante la lucha guerrillera, fascinó a la izquierda y la intelectualidad progresista de todo el mundo, fue la Revolución Cubana que, en plena Guerra Fría, desde los confines del Caribe, conducida por una vanguardia joven, políticamente avanzada sin compromisos con la política tradicional ni vínculos externos, derrotó a una feroz dictadura y levantó las banderas de un socialismo renovador no sólo por su forma sino también por su contenido.
Sorpresivamente, en lo que parecía uno de los peores momentos políticos latinoamericano, en medio del auge neoliberal, en un clima de incertidumbre y de triunfalismo imperial generado por el fin del socialismo real y en el umbral de una profunda crisis económica mundial, como parte del restablecimiento de las democracias y el fin de la lucha armada, en América Latina se estructuró un movimiento político profundamente popular, avanzado, que por su contenido, más que por sus definiciones, se orienta al socialismo.
Se trata como señalara el presidente ecuatoriano Rafael Correa, artífice de unos de los más exitosos movimientos políticos latinoamericanos, en el cual la matriz social y popular se impone a cualquier otro enfoque, no solo “De una época de cambios sino de un cambio de época”.
Anclarse en el pasado, aferrarse a enfoques doctrinarios y no evolucionar al ritmo de los tiempos condujo a fuerzas políticas históricas de Europa y América Latina a la perdida de vigencia, presencia y protagonismo. Los hechos están a la vista. Allá nos vemos.