Por: Jorge Gómez Barata
Las culturas y civilizaciones del Oriente y el Occidente, las de cada continente y los países que las integran, aun cuando constituyen partes de la formación económica y social capitalista, predominante a escala planetaria, están desigualmente desarrolladas.
El desarrollo desigual se expresa en primer lugar en la economía, elemento determinante en las cuestiones sociales, en la institucionalidad política y en la cultura en general. El desarrollo desigual, en la era moderna ha establecido una jerarquización que suplanta los procesos espontáneos, que hasta siglos atrás rigió el desarrollo.
En la escala del desarrollo desigual, derivada del poderío económico y militar y de la influencia política, existe un grupo avanzado encabezado por Estados Unidos, seguido a considerable distancia por Europa Occidental, China, Japón y Rusia; a continuación marchan las llamadas economías emergentes, escoltadas por cierta cantidad de países que pudiéramos llamar de desarrollo medio, y finalmente la masa formada por más de 100 naciones subdesarrolladas.
Aunque el medio geográfico y el clima ejercen enorme influencia en las desigualdades, estas se deben, sobre todo, a fenómenos externos de naturaleza política, especialmente a la conquista, al saqueo de las riquezas a que fue sometido el Nuevo Mundo, a la prolongada colonización, la esclavitud y la trata de esclavos y a las prácticas imperialistas, que no obstante su enorme significado, no lo explican todo.
En América Latina la dominación colonial, el modo y la época en que se alcanzó la independencia, influyeron poderosamente en la formación de oligarquías que, aunque acataron formalmente el status republicano, la democracia representativa, y el presidencialismo; cultivaron el modelo económico agroexportador, dependiente del capital extranjero, asumiendo un primitivismo político basado en la connivencia de fuerzas sociales retrogradas como los terratenientes, los militares y el clero; todos estrechamente vinculados al capital extranjero.
En el Oriente los países que de uno u otro modo se relacionaron con occidente, como ocurrió con China, Japón, la India y más tarde Turquía, registraron avances en algunos casos impresionantes, que les fueron negados a los pueblos, cuyas élites ultra conservadoras, amparadas en criterios religiosos como ocurre con el islam, se blindaron y fueron refractarias a los intercambios y a las influencias externas.
Los avances de occidente, Japón, China, la India y Turquía no se deben a las bendiciones de la naturaleza y el clima, sino a la interacción de esos factores con el régimen político, la calidad de la democracia y el fomento de modelos económicos que, conjugaron la presencia de un Estado fuerte y protagonista con el mercado y la diversidad de actores económicos, entre ellos privados.
En el mundo de hoy, aunque el desigual desarrollo heredado sigue presente y existen circunstancias geopolíticas que condicionan ciertos procesos, se ha llegado al status en el cual la autodeterminación desempeña un papel cada vez más relevante, y aunque aún determinadas prácticas imperialistas crean obstáculos, no pueden impedir que cada país escoja su camino. América Latina es una evidencia.
Nunca antes las opciones políticas habían dependido más de circunstancias internas como ahora, cuando prácticamente todo parte de las correlaciones entre las fuerzas sociales y la lucidez de los liderazgos. Nada ha impedido los avances políticos de Brasil, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Uruguay, Argentina y Venezuela, entre otros.
Difícilmente las satrapías del Medio Oriente, por ejemplo, puedan culpar a occidente o achacar a los procesos históricos el perfil antediluviano de sus regímenes políticos. El colonialismo y el imperialismo figuran entre los grandes causantes del desigual desarrollo de la humanidad, pero las oligarquías y las élites nativas comparten responsabilidades.
Los caminos no son de rosas, no están expeditos, pero existen. Es posible elegir. Si, se puede. Allá nos vemos.