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jueves, 28 de agosto de 2014

Al encuentro de la poesía

descarga (1)Por: Rolando López del Amo

Cuba goza de una tradición singular en la que las luchas por la independencia y la justicia social han estado encabezadas o alentadas por poetas.

En el primer cuarto del siglo XIX José María Heredia fue uno de los precursores de la independencia cubana. En 1868, el iniciador de la primera guerra independentista, Carlos Manuel de Céspedes, escribió hermosos poemas e inició con su acción el más largo poema épico de nuestra historia. Correspondería después al poeta José Martí organizar la última de nuestras guerras contra el dominio colonial español. En la república neocolonial, sería el poeta Rubén Martínez Villena quien, al frente del Partido Comunista, dirigieía la huelga general que puso fin a la tiranía de Gerardo Machado. El 26 de julio de 1953, justo antes de producirse el asalto revolucionario a la segunda fortaleza militar del país, el poeta y mártir Raúl Gómez García leía a sus compañeros en la acción su poema “Ya estamos en combate”.

José Martí creía que “ un grano de poesía sazona un siglo” (11-101) y que “la flor del pensamiento es la poesía, y lo nuevo del mundo” (12-290)

Y es que la poesía es, antes que todo, emoción, pero emoción portadora de algo esencial que el poeta ha captado y se siente obligado a descubrir y compartir con sus congéneres.

Todo lo existente puede ser motivo de la poesía. La poesía nace del acontecer, de la experiencia vital de los poetas, sin olvidar que en cada ser humano hay un espacio para lo poético, que no es otra cosa que la sublimación del sentimiento vuelto pensamiento o viceversa. “Sólo del sentimiento se hace poesía” (8-311), creía Martí. Y afirmaba: “La poesía es a la vez obra del bardo y del pueblo que la inspira” (15-27) “La poesía es durable cuando es obra de todos. Tan autores son de ella los que la comprenden como los que la hacen. Para sacudir todos los corazones con las vibraciones del propio corazón, es preciso tener los gérmenes e inspiración de la humanidad” (15-26)

En todo eso pensaba hoy al leer una colección de poemas de Antonio Guerrero hecha por Aitana Alberti y Alex Pausides, publicada por la Editorial Capitán San Luis con el título de La verdad me nombra.

Ya en una edición de poemas de Antonio Guerrero publicada hace una docena de años con el título Desde mi altura, Roberto Fernández Retamar recordaba a los poetas de la guerra de 1868, de los que se publicó una selección prologada por Martí. Eran poemas escritos y leídos en el campo insurrecto. Surgían dentro de una colectividad combatiente que se alimentaba de ellos. En el prólogo Martí escribió que “es sagrado, sea cosa o persona, cuanto recuerda a un país…la época en que los hombres, desprendidos de sí, daban la vida por la ventura y el honor ajenos” (5-229)

Tocó a Cuba en la contemporaneidad vivir nuevamente una época extraordinaria, con la diferencia de haber alcanzado el triunfo y dar posibilidad a los poetas de moverse, cotidianamente, entre los sueños más sagrados de muchas generaciones de cubanos y poder darle voz al alma nacional y a las circunstancias personales diversas del fragor de estos años. Pero no comparable a ninguna otra circunstancia ha sido la de Antonio Guerrero y sus cuatro hermanos de lucha. Apresados cuando trataban de proteger a su patria de criminales acciones terrorista, salvar vidas inocentes e impedir las acciones ignominiosas que dañan también a lo mejor del pueblo norteamericano, fueron encerrados en prisiones solitarias interminables y, finalmente, sometidos a un proceso judicial vergonzoso, amañado por el gobierno imperialista que descargó todo el odio acumulado contra la Cuba revolucionaria, en cinco de sus hijos a los que no pudieron comprar ni doblegar.

Es en esas condiciones de encierro, allá por el año 1999, en que la poesía abre sus brazos a Antonio Guerrero para confirmarle su elevada condición humana y le ofrece su apoyo amigo para compartir la carga. El ingeniero civil, el patriota revolucionario se inspirará en los Versos Sencillos de Martí, asumirá esas formas métricas, trabajará con endecasílabos, compondrá sonetos y escribirá poemas más libres, más contemporáneos en su forma. Los temas del amor, la familia, la amistad, la causa mayor a cuyo servicio se entregó estarán presentes. Todo es limpia emoción, pensar alado que vuela alto, hallazgos que encuentra en el acto de escribir, del que brotan imágenes a prueba de críticos. A la poesía sumará después el dibujo y la pintura con sus colecciones delicadas de rostros de mujeres destacadas y finas mariposas.

La entrada de Antonio Guerrero al quehacer poético él mismo la describe así: “Las circunstancias en que estos poemas fueron escritos eran dramáticas, en medio de un aislamiento donde se nos dio un trato cruel; pero la poesía vino a salvarme de todo aquello” (pag.226) Sí, la poesía llegó para salvarlo de la soledad impuesta, del aislamiento y la crueldad. Sin embargo, esta poesía nacida en esas circunstancias es ajena al odio y a la desesperanza. El poeta prisionero sabe, con Martí, que “el odio es un tósigo: ofusca, si no mata, a aquel a quien invade” (14-317) y que “las manos de los poetas cierran siempre las heridas que abre la ira de los hombres”. (8-172)

Son poemas escritos, en palabras del autor, allí “donde los sueños tienen todo el dolor de la distancia”, pero son versos “sin odios, sin olvidos, sin cadena”. Y, con serena confianza, afirma: “Cantaré mis canciones al destino/ y con mi voz haré temblar la muerte” Nada amedrentará a este hombre que, junto a sus hermanos de cautiverio, se convirtió en símbolo de lo mejor de su pueblo.

Decía Goethe, el poeta alemán, que poesía era lo que quedaba de un poema al traducirlo a otra lengua. Despojado de la eufonía original, de los ritmos y cadencias de la lengua en que fue escrito, quedará entonces aquello que Martí llamó “el instante raro de la emoción noble”. (5-232)

La poesía vino al encuentro de Antonio Guerrero para ayudarlo a partir la carga y dejar testimonio de esa emoción noble con la que se hacen los héroes y los mártires.