Por: Jorge Gómez Barata
Al margen del debate acerca de una “Eva Africana” o mitocondrial, según el cual todos los humanos, por tener como antepasado común a una misma mujer son genéticamente hermanos, es pertinente promover la idea de que, aunque existan diversas culturas y civilizaciones, la especie humana es una.
Tales conclusiones se derivan del levantamiento del Mapa del Genoma Humano” que estableció con inequívoca certeza que la especie humana es genéticamente homogénea; aunque culturalmente diversa; lo cual deja sin sustento científico a todas las manifestaciones de racismo y las especulaciones acerca de la superioridad racial.
La teoría de la “Eva mitocondrial”, sorprendentemente coherente con la leyenda bíblica de una pareja originaria, parte de la existencia de una mujer ancestral que incorporó a su descendencia femenina una capacidad de producir un tipo de ADN que solo se hereda por vía materna. A la vez, debido a que los cromosomas “Y” se propagan a través del padre, al menos a nivel del sentido común, es válido asumir la presencia de un “Adán cromosómico”.
La existencia de antepasados genéticos comunes, no significa que todos los humanos seamos de la misma raza, sino que no hay razas, término derivado de construcciones culturales. El término “raza”, aunque aceptable en el lenguaje coloquial para resumir las diferencias secundarias entre los humanos que habitan distintas zonas del planeta, no es válido para establecer escalas de valores de ningún género.
Se puede admitir que haya comunidades o pueblos nómadas u holgazanes, belicistas o pacíficos, siempre y cuando se acepte que se trata de fenómenos de naturaleza cultural, derivados de procesos sociales y no de la genética.
El racismo y las especulaciones acerca de la superioridad racial es resultado del establecimiento de paradigmas de dominación asociados a la preponderancia de unas comunidades sobre otras, principalmente de Europa sobre el resto del planeta que, originalmente sirvieron para justificar la explotación, el despojo y la esclavitud.
El fondo de la problemática del racismo como de otros paradigmas de discriminación radica en que a diferencia de la genética, una estructura derivada de los ignotos procesos naturales a través de los cuales surgió y se desarrolló la vida hasta llegar a la especie humana, los valores se adquieren, se desarrollan y se condicionan por circunstancias sociales.
El enigma del momento es ¿Por qué: el pueblo norteamericano que tan alto ha podido elevarse, no puede desprenderse de semejante atavismo? La pobreza y las desigualdades no lo explican todo.
Vivir es un fenómeno natural, mientras convivir y buscar juntos la felicidad es de perfil social y cultural. Ojalá la Eva y el Adán, ya fueran genéticos y mitocondriales o divinos, nos hubieran armado también con un código moral. No hay alternativa: tenemos que crearlo: nosotros mismos; ahora. Allá nos vemos.